jueves, 4 de diciembre de 2014

Entre copas (¿Cómo puede concebirse el Universo de la nada?)

Diferentes representaciones del Universo.
Colage propio tomado de imágenes de Internet
Ecuación por la que el universo se genera de la nada y acabará en la nada; o de existencia finita.

0=0=0=0
0=1-1=0
0=1=1=0
0=1=0
Universo A1 (positivo): 0=1=0

0=0=0=0
0=-1-(-1)=0
0=-1=-1=0
0=-1=0
Universo B1 (negativo): 0=-1=0

Por analogía
Universo A1 (positivo): 0=∞=0
Universo B1 (negativo): 0=-∞=0

Ecuación por la que el universo se genera de la nada y continuará dispersándose por siempre (existencia infinita).

0=0=0=...=0
0=0=1-1=2-2=...=∞-∞
0=0=1=1=2=2=...=∞=∞
0=1=2=...=∞
Universo A∞ (positivo): 0=1=2=...=∞

0=0=0=...=0
0=-1-(-1)=-2-(-2)=...=-∞-(-∞)
0=0=-1=-1=-2=-2=...=-∞=-∞
0=-1=-2=...=-∞
Universo B∞ (negativo): 0=-1=-2=...=-∞

En ambos casos se evidencia que tiene que haber un universo paralelo y que un par de copas rodeado de conversaciones anodinas, lejos de aturdir la mente, la estimulan.

Menos mal que, tras un sueño reparador, todo vuelve a su lugar: los astrofísicos siguen pensando en la teoría del Big-Bang y yo en el menú de la semana que viene.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Bela Lugosi's Dead

Bela Lugosi retrato Bauhaus Peter Murphy Weimar Marinetti Love Santelia Lugoj Timisoara Temesvar vajda voivoda Valaquia Moldavia Transilvania Rumanía Hungría Eufrasio Saluditero
Béla Ferenc Deszó Blaskó
(20 Octubre 1882 - 16 Agosto 1956)
En agosto de 1979, el grupo de rock gótico o post-punk Bauhaus —con Peter Murphy al frente— se dan a conocer con un sencillo grabado en directo recordando la figura del actor húngaro —quizá, junto con Cristopher Lee, el único icono reconocible (por atemporal) del personaje en celuloide del irlandés Abraham “Bram” Stoker—. La canción se tituló “Bela Lugosi’s dead” y fue sin duda un ejemplo de éxito gradual de la cultura suburbana o underground, por imitado hasta la saciedad, tanto por bandas musicales coetáneas como posteriores: The Cure, Siouxie & the Banshees, The Sister of Mercy, The Mission o —centrándonos en lo poquito con algo de calidad que había por aquí entonces— Parálisis permanente.
El nombre del grupo, Bauhaus estaba tomado de la popular escuela arquitectónica alemana de 1919 en Weimar, adscrita dentro del movimiento moderno; quizás la única, junto con el futurismo italiano de Marinetti y el constructivismo soviético, que se empeñó de verdad en elevar a obra de arte cualquier objeto cotidiano del ser humano; y todos ellos silenciados por las dictaduras emergentes de los países donde residían.
Unos años antes, en 1914, Lugos era una ciudad influyente dentro del Imperio Austrohúngaro (en la actualidad Lugoj, en Rumanía), muy cercana a Timisoara o Temesvar, la capital del banato que crearan los otomanos en la margen izquierda del Danubio y también de las minas de Resita; donde Bela tuvo que trabajar durante unos años antes de que decidiera alistarse como teniente del 43 regimiento de infantería alpinista del ejército húngaro, encargado de defender la frontera de los Cárpatos meridionales o transilvanos, donde se halla el castillo de Bran [Transilvania*] (el elegido por Francis Ford Coppola para realizar su peculiar versión del Drácula de Stoker); aunque sea dicho de paso, la residencia del personaje de Vladimir III Tepes (el empalador) en el que se inspirara el novelista, era el castillo de Poenari [Valaquia]. Vlad era un príncipe valaco tributario de la Sublime Puerta— y no un voivoda o vajda transilvano (gobernador húngaro) como se confunde a veces— que decidió sublevarse; y no halló otra forma de llamar la atención que empalar a todo enemigo vivo que cayera en sus manos —le daba igual que fuese turco o húngaro—. El joven Bela, que por entonces se dedicaba a interpretar personajes de Shakespeare en los teatros de Budapest —con mucho éxito por cierto—, fue trasladado al frente de Galicia (o Galitza) en los Cárpatos occidentales a luchar contra los rusos durante la Gran Guerra donde fue herido en una pierna y condecorado con honores. Para ello tuvo que cruzar el paso del Borgo, punto clave entre las fronteras de Transilvania, Bukovina y Moldavia —Cárpatos orientales— y de donde no se tiene constancia —salvo en la imaginación de Bram— que exista ninguna fortaleza salvo la de Neamt, del reino de Moldavia (tributario como Valaquia de los turcos por aquel entonces) y nada que ver con el Drácula real o novelado, pero de aspecto mucho más tétrico y lúgubre que el cinematográfico.

Bauhaus - Bela Lugosi's Dead (1979) [Youtube]




* El nombre Transilvania viene del latín “Ultra Silvam” (más allá del bosque); los húngaros la llaman Ardeal o Erdély (el bosque); mientras que los colonizadores sajones —alemanes de la Baja Edad Media— la llamaron Siebenbürgen o Septem Castra (siete ciudades) referidas a las otras tantas ciudades fortificadas por ellos en esta región.

martes, 28 de octubre de 2014

Ecóuteur

Resulta muy fácil no mirar, basta con cerrar los ojos —en realidad no se cierran los ojos, sino los párpados— o desviar la mirada —mover los ojos o girar la cabeza—. Pero dejar de escuchar es mucho más complicado; no tenemos los mismos recursos que con la vista y lo único que podemos hacer es taparnos los oídos —entiéndase las orejas— o taponarlos con cera, algodón o con los dedos (siempre me ha parecido muy divertida la visión de una persona usando los dedos para ello). En cuanto a no hablar, es más que evidente que para algunos les es imposible dejar de hacerlo incluso debajo del agua, pero ese es otro tema.
Está claro que no es lo mismo ver que mirar, ni tampoco oír que escuchar; en ambos casos depende de la concentración y de la intensidad con la que nos llegue la imagen o el sonido —además de un sinfín de factores que no vienen a cuento por no aburrir—, pero dejar de escuchar se nos antoja mucho más complicado puesto que es casi imposible no prestar atención cuando sobresale algún sonido sobre los demás —como sucede con la sirena de las ambulancias, el tubo de escape de la moto trucada del imbécil del primero, las lecciones de tuba del niño del octavo o los gritos de la del quinto cada vez que pega un polvo (echar un polvo sería más correcto)—.
Ver Oír Callar Eufrasio Saluditero Marinetti Love Santelia Ecóuteur Hidari Jingoro Santuario de Toshogu Nikko Japón
Escultura de madera de Hidari Jingorō (1594-1634), situada sobre los establos sagrados del santuario de Toshogu (1636), construido en honor de Tokugawa Ieyasu, en Nikko, al norte de Tokio (Japón).

Lo cierto es que cuesta menos dejar de ser un voyeur —mirón según la acepción española, ya que para los franceses sería un  “mateur”— que un “ecóuteur” —no existe en castellano un concepto similar al francés (fisgón); son todos imprecisos y conllevan el acto de mirar—. Por lo que cuando vea a la vecina del quinto pasearse desnuda por su casa —como ha estado haciendo durante todo este verano— seré consciente de que no soy un voyeur porque la veo pero no la miro; pero cuando la oiga gemir de placer cada noche —e incluso, a veces, alguna tarde— tendré claro que, aún sin pretenderlo, me habré convertido en un “ecóuteur”.

miércoles, 2 de julio de 2014

¡Temporada de patos, temporada de conejos! [1] (A M.B.)

El famoso personaje de dibujos animados de la Warner Brothers, Bugs Bunny se tradujo por aquí como “el conejo de la suerte” aunque en realidad en inglés signifique “el conejito molesto o fastidioso” —si bien yo lo hubiera tildado más de cargante, insoportable, puñetero; cabrón en definitiva—; mientras que a su antagonista Daffy Duck se le llamó “el pato Lucas” en vez de su verdadero nombre que es “el pato bobito o tontito”. Las razones de esta traducción tan libre parecen obvias en el caso de Bugs, pero no tanto en el caso de Daffy.
No parece descabellado pensar que el nombre de Lucas le viniera porque así es como suele llamársele por el sur de España a un pánfilo. El nombre proviene de la popular figura de “El galgo Lucas”; y la expresión “Eres como el galgo Lucas” se emplea para la persona que simula actividad y diligencia, pero que a la hora de la verdad se deja llevar por la abulia y no termina lo que ha empezado. Al parecer, el galgo Lucas (quizás «el galgo de Lucas»), aunque corría más rápido que ninguno nunca llegaba a ganar ninguna carrera porque se paraba a orinar unos metros antes de llegar a la meta.
Puesto que estos dibujos no nos llegaron hasta los años 60 y como seguro que pasaron por la mano de la censura, no es de extrañar que se tratara de suavizar y hacer más cercano el adjetivo inglés. Lo cierto es que la sutileza del epíteto es de agradecer porque en aquellos años en los que los niños éramos tratados como imbéciles —si no como boniatos— por el Estado, lo más normal hubiese sido algún calificativo ñoño (gracias, Tip, por descubrirme la palabra).

Marinetti Love Santelia Bugs Bunny Daffy Duck el conejo de la suerte el pato lucas temporada de patos temporada de conejos Rabbit Fire 1950
Imágenes de Rabbit Fire (1950).  Warner Brothers 

En cuanto la frase que encabeza esta entrada es una de las más recordadas de los famosos dibujos animados, tanto que se hicieron tres episodios —referencias en el pie de página— con desigual fortuna —sin duda, el primero es el mejor— en los que, como siempre pasaba, “el pato bobito” —que dicho sea de paso era un borde con muy mala fortuna (por eso su plumaje era negro)— acababa siendo vapuleado, derrotado y humillado por “el conejito cabrón”, como sucedía con el coyote y el correcaminos… Pero esa es otra historia.




[1] Rabbit Fire” [Temporada de cacería]
Año: 1950
Episodio (sin referencia)
Story: Michael Maltese
Animation: Lloyd Vaughan, Ken Harris, Phil Monroe, Ben Washman.
Layouts: Robert Gribbroek
Backgrounds: Philip De Guard
Voice Characterizations: Mel Blanc
Musical Direction: Carl Stalling
Director: Charles M. Jones

“Rabbit Seasoning” [Temporada de cacería de Conejos]
Año:1951
Episodio 1218
Story: Michael Maltese
Animation: Ben Washman, Lloyd Vaughan, Ken Harris.
Layouts: Maurice Noble
Backgrounds: Philip De Guard
Voice Characterizations: Mel Blanc
Musical Direction: Carl Stalling
Director: Charles M. Jones

“Duck! Rabbit, Duck!” [Sin traducción]
Año: 1952
Episodio 1276
Story: Michael Maltese
Animation: Ken Harris, Ben Washman, Lloyd Vaughan, Richard Thompson, Abe Levitov.
Layouts: Maurice Noble
Backgrounds: Philip De Guard
Voice Characterizations: Mel Blanc
Musical Direction: Carl Stalling
Director: Charles M. Jones




viernes, 6 de junio de 2014

Halto! (Historia de una h olvidada)

Lo sé, el título de esta entrada está mal escrito, es sin h; pero no pienso cambiarlo. Y menos desde que he descubierto que la palabra es de origen alemán.
Sospecho que la h se perdió en algún momento de jarras de vino con tapa que un escribano del siglo XVII sufrió en la monotonía de su trabajo a la luz de una vela moribunda.
Quizás fuese un capitán de los tercios de Flandes quien, para detener la marcha de su tropa alzara su mano —o su espada— y al quedar esta en alto, por semejanza e ignorancia de la soldadesca, esta asociara ambos términos.
Marinetti Love Sant'Elia halto halt historia de una h olvidada Ann Sofie Rehnmark Eufrasio Saluditero
HALT-Auschwitz por Anne-Sofie Rehnmark (26-10-2009)
Incluso puede que, dentro del deporte nacional —dos españoles, tres opiniones—, un par de políticos decimonónicos tomaran como estandarte de su doctrina la defensa o la censura de la pobre consonante muda en función de su filiación a las grandes potencias del momento, aunque esto último estaría cogido con pinzas puesto que tanto en alemán, en francés como en inglés, la acepción huérfana de h, la que proviene del latín, se escribe con ella —la de teoremas que hemos tenido que estudiar en las que la incógnita referente al alto se escribe con h—.

Los ortodoxos de la lengua argüirán que en el contexto queda claro el significado del término pero, por favor —ya sé que es triste pedir pero mucho más lo es robar; y que ante el vicio de pedir, la virtud de no dar—, ayudemos a esta pobre letra engendrada del amor entre el latín vulgar y el castellano antiguo a sobrevivir y no hagamos agravios comparativos. Porque en esa misma tesitura se encuentra la palabra “hola”, de origen inglés y que, sin explicación aparente, sí que la distinguimos de la onda marina con nuestra querida h.

domingo, 2 de marzo de 2014

Hipótesis sobre la otra ley de la gravitación universal de Newton

ley gravitacion universal Newton 1687 Eufrasio Saluditero Marinetti Love Sant'Elia
Ley de la gravitación universal (1687) Isaac Newton
El momento más excitante de una relación sexual es cuando el lenguaje corporal de ambos dice que sí. No es necesario que el cerebro se entere de nada, de hecho, es el último en enterarse.
Por lo que respecta al diálogo que establecen ambas partes es frugal como un desayuno español, pragmático como un americano —del norte— y preciso como un reloj suizo; sólo requiere la confirmación de una mirada cómplice que dure décimas de segundo y un gesto —da igual que sea torpe o acertado, lo importante es que una de las partes dé ese primer paso—; después todos los acontecimientos se sucederán siguiendo el ritual invisible que la Naturaleza tiene marcado para perpetuarse. Tan sencillo y antiguo como la existencia de la propia vida en la Tierra.
En ese ritual, el contacto es imprescindible aunque dispar. Puede ser una caricia, incluso una brusquedad —dependerá del grado de dominación o sumisión del individuo—, pero la piel se convierte en la protagonista del rito. La textura es tan importante que se diría que la teoría gravitacional de Newton queda desechada porque lo que influye no es la masa ni la aceleración o la distancia de los cuerpos sino la capacidad que esta —la piel— tiene de llamar la atención y atraer a otro cuerpo. Por ello son tan importantes parámetros como el grado de rugosidad; aspereza; dureza; vellosidad; limpieza —referida más que a la higiene, que también, a la ausencia o no de marcas generadas por el tiempo como lunares, pecas, cicatrices o tatuajes—; tonalidad —quien suscribe no cree que existan los colores de piel— y, cómo no, aroma y sabor; porque todos los sentidos entran en juego. Es ahí, en el campo del olfato y del gusto donde cobran su máxima importancia los besos. El ser humano es inteligente y ha desarrollado un recurso aceptado por la sociedad para no tener que ir dando lametones a diestro y siniestro, pues con el gesto del beso no sólo la boca entra en contacto con la piel, sino que la nariz queda a la distancia exacta para poder comprobar —y constatar— con el olfato que esa epidermis, y no otra, es la adecuada. Cuando todos estos parámetros confluyen en la misma dirección el resultado no puede ser otro que el del ACTO[1], donde entran de lleno en juego los sexos y su pericia o torpeza para producir placer, pero esa es otra historia.





[1] No hay que llevarse a engaños, sólo existe un acto con mayúsculas, y es el acto sexual; todos los demás, en el fondo y aunque parezca inverosímil, se supeditan a este.

martes, 18 de febrero de 2014

Tu factura de la luz no puede ser más clara (El laberinto eléctrico)

Tal cual. Sin problemas, sin remordimientos, con toda la desfachatez del mundo, con doble intención o triple, para que nadie pueda protestar ni acusar ni demandar, porque ya han decidido que somos tontos y ellos listos —muy listos— y omnipotentes. No se conforman sólo con tener el poder; tiene que ser, además de absoluto, incontestable.
Laberinto luz Víctor Jiménez 2013 acrílico lienzo
Laberinto de la luz (2013) Víctor Jiménez
¿La factura de la luz no puede ser más clara porque no quieren o porque no pueden? Porque si se esforzaran más —con lo poderosos que son— seguro que podrían, aclararla digo. ¿O sí que pueden pero no les da la gana aclararla? En este caso parecen refugiarse en la premisa “poder es querer”; ergo no puedo porque no quiero.
Si la frase hubiera continuado “...porque tenemos algo que ocultar”, entiendo que los usuarios, en bloque, saldrían a la calle a protestar y los juzgados se colapsarían con denuncias fundadas.
Por el contrario, si hubieran seguido con “...porque somos incapaces de hacerlo”, el resultado hubiera sido el mismo porque los usuarios hace mucho tiempo que exigimos claridad —y los juzgados seguirían colapsándose—.
También podrían haber finalizado de esta manera: “...porque no”. Serían más honestos, desde luego; pero entonces los usuarios podríamos negarnos a pagarla porque sí —con idénticos resultados para  los juzgados—.

A mí se me ocurre que podrían terminarla con una mezcla de las tres. “Tu factura de la luz no puede ser más clara porque no queremos hacerlo, tenemos tanto que ocultar, que de hacerlo, saldríais a la calle a protestar y colapsaríais los juzgados”, y con la actual política de recortes tampoco está claro que los juzgados contrataran más personal para agilizar el trabajo.

lunes, 27 de enero de 2014

Vientos de decadencia

Hace poco escuché por la radio que se había realizado un estudio donde se demostraba que el ser humano es incapaz de vivir sin la música y su influencia en el estado de ánimo y —por ende— en la salud de las personas. Resolvía el estudio que aquellos que nunca escuchaban nada de música tenían el carácter agriado y, lo más importante, se lo agriaban a los de su entorno. El estudio llegaba más lejos al afirmar que el tipo de música también variaba los ánimos. Bien, hasta aquí, todo es evidente; se podían haber ahorrado el estudio. Eso ya lo sabíamos, de hecho, llevamos experimentándolo desde que tenemos uso de razón —sí, es cierto, los que me conozcan dirán de mí que aún no la tengo, no se lo discuto ni reprocho—. Pero lo que no reflejaba el estudio era la influencia de los distintos instrumentos en una pieza musical para que esta tenga un resultado determinado. Y es aquí, llegados a este punto, donde quiero hacer la siguiente reflexión: “los vientos, como sucede en el advenimiento de mi tan admirado Apocalipsis de Juan de Patmos, anuncian la decadencia de los grupos, me refiero sobre todo a los de rock y pop”. Se me ocurren una infinidad de grupos que, una vez alcanzado su máximo reconocimiento por parte de un grupo social determinado, incorporaron una sección de vientos —en concreto trompetas— y aquello fue el inicio de su fin. Elvis (Presley), The Cure, The Police, The Beatles, Soft Cell...—los casos de grupos españoles es más sangrante todavía— No estoy diciendo que sus canciones o temas fuesen malos, tampoco que la calidad del grupo descendiera —bueno, en algunos, sí—, sino que a partir de ahí se produce un distanciamiento con la mayoría de sus primeros seguidores por querer llegar a un mayor número de personas y, en consecuencia, se abandonan las claves del éxito inicial. Al parecer, con los vientos, la propuesta inicial se dulcifica, se hace más accesible al resto; convirtiéndose la vanguardia en modernidad. Hay honrosas excepciones como la de Jethro Tull, pero claro, ¿alguien puede imaginarse la existencia de este grupo sin la fabulosa flauta de Ian Anderson, además de que este instrumento fuera parte en su propuesta inicial y el elemento que los distinguía del resto de grupos de los 70? Es una pregunta retórica puesto que lea respuesta es no; de hecho, Ian todavía sigue en activo con su grupo experimentando con su fórmula inicial, inagotable.
Decía que, por lo general, son las trompetas las anunciadoras de tal decadencia —quizás sea por su estridencia natural, no lo sé—. El caso es que cuando lo que se incorporan son saxos, el efecto decadente no resulta tan evidente puesto que su sonido tiene una presencia mucho más suave y la muerte del grupo resulta más lacónica por larga; o si se quiere ver de este modo, el cambio de estilo y su consecuente público, mucho más lento. Este sería el caso del Dion, el de The Belmonts, pero sin The Belmonts —estoy pensando en concreto en su magnífico y casi desconocido tema “(I was) Born to cry” del que hiciera tan fantástica y alcohólica versión Johnny Thunders en solitario (cantante de New York Dolls)—.
Otro ejemplo de saxo decadente sería el del conocidísimo tema de Screamin' Jay Hawkins “I put a spell on you”, más alcohólico que el anterior si cabe y cuya versión más conocida es la de los Creedence Clearwater Revival, pero estos chicos, que no eran tontos y siempre fieles a su estilo sustituyeron el instrumento apocalíptico por una genial guitarra; como Carlos Santana quien, lejos de adoptar en su música los vientos de su tierra, como no podía ser de otra manera, los sustituye por su guitarra-fregona* —y algún órgano Hammond como el de “oye cómo va”— y se queda con lo único que caracteriza la música latina que es el ritmo de la percusión.
La excepción de este instrumento es Bowie, pero en el caso del Duque blanco está escusado porque el saxo es su instrumento y rara vez no aparece en sus temas, es decir, que cada vez que puede lo introduce. A mí no me extraña nada que lo hiciera porque no conozco a nadie que haya compuesto temas más decadentes y hermosos que él. Pero ese es otro tema.




* No recuerdo bien a quién le escuché este término, quizás me lo haya inventado yo, pero viene a ser algo así como que oir su guitarra te deja el ánimo limpio de preocupaciones y listo para bailar; porque es imposible no moverse con su música, aunque sólo sea un pie o la cabeza.

domingo, 26 de enero de 2014

Citas saludables

La ambigüedad en la literatura es un tema apasionante para quien les escribe, tanto que siempre hemos rechazado todo aquello que no nos permita imaginar; como la descripción hiperrealista que algunos autores se empeñan en mostrarnos como un alarde de su imaginación, relegándonos a los lectores a meros videntes, quizás visualizadores —que no observadores—, de su esfuerzo. Siempre hemos querido ser partícipes de la experiencia compartida de la escritura y la lectura y en ello estamos.
     Sin dar más pistas al lector, afirmaremos que lo mejor de una cita es que sea corta. En la brevedad, como decía Shakespeare, reside el ingenio. Puesto que ni somos ingenieros ni ingeniosos por carecer de esta cualidad; al menos intentamos ser ambiguos.
     Una cita saludable, además de corta, tiene que poder recordarse porque, de lo contrario, la sensación es que ni se ha interiorizado ni ha resultado memorable —por memorizada—. Pero tanto el recuerdo como la memoria admiten a la vez lo bueno y lo malo, siendo siempre lo primero alentador y lo segundo deprimente; así que para que nuestra cita sea saludable debe ser, por lo menos, repetible o dejar una puerta abierta al estímulo de poder ser repetida. Y, sobre todo, educada, para que cuando se la reconozca por la calle, por lo menos salude.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Espéculos

Debe ser cierto que especular no es un delito cuando todo el mundo decide o ansía realizar esta práctica. Uno, que es tonto, pensaba hasta hace poco que se trataba de representar de la manera más fidedigna posible la imagen de un modelo que reflejaba un espejo —sí, claro, acabo de reconocerles mi simpleza—. Claro que, también hace tiempo que aprendí que, para la ciencia, un modelo es una mentira; luego no íbamos tan desencaminados. El modelo científico consiste en una hipótesis desprovista de lo superfluo destinada a explicar de manera racional una complejidad.
     Es así como lo original, el modelo del espejo —da igual que sea o no una mentira— queda como parte real del objeto mientras que el reflejo se convierte en la parte imaginada —representación de una imagen— y entramos de lleno en el mundo de la realidad y la suplementaria surrealidad de la que tanto sabía esa punta de iceberg que era Dalí.
     Pero no acabo de aceptar que cuando me miro en el espejo como Eduardo Benavente, aparte de “ser feliz y no pensar en nadie más que en mí”, realice un acto de especulación ya que el inconsciente —o quizás sea el subconsciente, vaya usted a saber— me sugiere que estoy observando con interés (especulando) más que contemplando con placer (viéndome reflejado). Es evidente que la observación conlleva una mayor intención que la visión o la contemplación.
     A estas alturas el lector ya habrá adivinado que no estoy hablando del, digamos, extraño instrumento que los médicos utilizan para explorar la vagina o cualquier otro orificio corporal; y mucho menos de las deliciosas galletas belgas y holandesas* de mantequilla que evocan la historia navideña de Nicolás de Bari y que los hijos de la Gran Bretaña devoran en su, más que diaria, religiosa ingesta de teína. Aunque se empiezan a vislumbrar las derivaciones y conexiones entre los étimos.
    No obstante me sigue quedando la duda de si especular puede considerarse un acto de pecado capital, bien porque sea parte de nuestra naturaleza —sospecho que no sólo mediterránea— o una derivación inequívoca de la envidia que nos produce ver a tanto sujeto —me niego a calificarlos porque seré cruel y procaz— practicándola con total impunidad porque, a pesar de todo el sufrimiento que conlleva a quien no acolita esta práctica, se sigue especulando.

* Los Speculoos, Speculaas o Spekulatius (también se conocen como galletas de mantequilla y jengibre) son unas galletas belgas tradicionales de Navidad, pero que también se consumen habitualmente en Alemania, Holanda y el norte de Francia. Se caracterizan por su forma con figuras y motivos como la que podéis ver en la imagen, pero también por su textura crujiente y su sabor.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Secretos de familia – Números primos (II parte)

Los números primos son una familia de infinitos miembros en los que, como en todas las familias, existe uno o varios miembros que son “los garbanzos o las ovejas negras”. En el caso que nos ocupa, el denominador común de todos los miembros que conforman esta familia es que son todos impares, menos uno, el 2 —par—, y el 1 que, aún siendo impar, dicen ahora los teóricos de las matemáticas que ya no es primo —debe ser que, como en toda buena familia que se precie, se ha peleado con el resto por una cuestión de herencia; en este caso, por la definición—.
         Sea como fuere, el caso es que en la familia de los números primos, lo que “prima” es la imparidad. Dentro de esta condición se agrupan en cinco subfamilias de números: los acabados en 1, 3, 5, 7 y 9; con la curiosidad de que el 5 no tiene descendencia, es un soltero de oro —quizá por un oculto narcisismo exacerbado, por una homosexualidad reprimida, o ambas cosas, ¿por qué no?—; salvo él mismo, todos los números acabados en 5 son múltiplos de él, luego no son primos. Así que la familia prima se reduce a un núcleo duro en el que los protagonistas son el 1 —con el cabeza de familia expulsado como ya hemos mencionado—, el 3, 7 y 9 —este último tiene que soportar las constantes burlas del 3 porque él mismo (el 9) es múltiplo de 3—. En realidad la del 9 es una subfamilia escinda o de ¿segunda? ya que el cabeza de familia no es número primo.
         Así que las dos grandes familias que restan y, por ende, compiten entre sí son la del 3 y la del 7.


         La sucesión de números primos acabados en 3 es que se repiten en grupos de dos y saltan una decena (13-23, 43-53, 73-83, 103-113, ¿133-143?...). Algo empieza a fallar. Hay miembros de la familia que deberían estar y no están; ausencias misteriosas, números desaparecidos, personajes típicos de telefilm americano de sobremesa saturnina.
         En los diagramas adjuntos se muestra de una manera gráfica el porqué de esas extrañas variaciones, que obedecen —como no podía ser de otra manera— a series numéricas sencillas. En el caso del 133 y 143 atiende la regla de que son múltiplos de dos primos (133=7x19 y 143=11x13); es, pues, la superposición de estas series la que descubre la posición de todos los números primos. El primero en darse cuenta de esta disposición numérica —no tan resumida— fue Eratóstenes y ya dimos cuenta de él en una entrada anterior*, aquí mismo, en MLS; pero no por ello deja de asombrar redescubrir la posición elegante y bella que cada familia de múltiplos adopta en un infinito mar de números. En esa inmensidad de orden rígido, a poco que uno se fije, descubre un juego sencillo y divertido para ordenar, disponer, racionalizar aparentes caos. Vamos, una inutilidad más... como otra cualquiera.



* MLS 2012-02-29 El día que descubrí que el uno no era primo.

lunes, 7 de octubre de 2013

Este blog todavía no está muerto. Es que, de momento, no tengo nada qué contar.

Se trata de un ciclo. Hay un tiempo para dar y otro para recibir. Momentos de escritura que preceden otros de lectura. Reflexiones tras observaciones.
Siempre que he imaginado en qué época de la historia hubiera encajado mejor, un escalofrío me ha recorrido la espalda. El otro día me vi en la Grecia clásica, entre magníficos discursos políticos, cuerpos perfectos y batallas incesantes —regalos de los dioses todos—; y caí en la cuenta del paralelismo con la actualidad (el lector se habrá dado cuenta ya de la ironía). Así que me desvié con celeridad a una de mis aficiones inconfesables: construir diálogos en mi cabeza partiendo de canciones inglesas; pero me atasqué con “Wanted Man” de Cash cantada por Nick Cave. Así que decidí escribir a una amistad lejana en el espacio.
No quería que fuesen unas letras profundas, aunque sí cálidas —como el puto día de poniente que el primero de octubre nos estaba regalando a la ciudad de los grandes eventos muertos y enterrados— y sinceras, ¡cómo no! Luego no cabía más opción que ofrecerle un pedazo de entraña macerada hallada entre las ruinas de un disco duro: “De triángulos y circunferencias”.


DE TRIÁNGULOS Y CIRCUNFERENCIAS

Vaya por delante que este artículo no pretende ser un ensayo matemático sobre geometría euclídea, ni tampoco una síntesis sociológica. Tan solo es una invitación a la reflexión que el autor abajo firmante lanza con el fin de poner equilibrio y sentido en la batalla del día a día.
Tres puntos definen un plano; si estos distan entre sí lo mismo se obtiene un triángulo equilátero, una figura perfecta. Al añadir un punto más convertimos el triángulo en un polígono de cuatro lados, o para ilustrar mejor el ejemplo, en un cuadrado. Si se añaden infinitos puntos buscando siempre la regularidad de la figura geométrica llegamos a la circunferencia: figura perfecta en la que todos los puntos que la definen equidistan de uno, al que se le llama centro.
A las personas les pasa lo mismo. Las hay que definen el plano de su vida en torno a tres puntos básicos, tres ideas, o simplemente tres necesidades. Otras necesitan de cuatro, cinco o más puntos. Las menos necesitan, como la circunferencia, de infinitos puntos para poder asentar su vida. Todas las opciones son válidas, no se es mejor ni peor por ser un triángulo o una circunferencia, ni si quiera si se está en el inmenso abanico de posibilidades que ofrece el término medio. La única diferencia entre la circunferencia y el resto de figuras geométricas regulares que definen un plano es que mientras las últimas se bastan con el mismo número de puntos para crecer, la circunferencia necesita aumentar su infinito número de puntos equidistantes del centro para seguir conservando su esencia y su carácter cerrado o completo. Así pues los seres circunferencia, a lo largo de su existencia, van acumulando sin cesar los puntos básicos necesarios para vivir, mientras que los seres triángulos todo lo supeditan a sus tres necesidades básicas. Y no por estar conformado por tres o infinitos puntos se tiene que ser más o menos complejo o simple. Hay triángulos basados en el aprendizaje, la maestría y la enseñanza, mientras que otros lo hacen en el comer, beber y amar. Son necesidades o ideas que no tienen por qué ser antagónicas, incluso pueden complementarse; pero lo cierto es que este tipo de personas son más felices que aquellas que están obligadas a rodearse de un mayor número de necesidades ya que les resulta más fácil desprenderse de todo aquello que no les es necesario y disfrutar con mayor intensidad de aquello que poseen. Por contra cuantas más necesidades se adquieran, más se depende de ellas, creándose un vínculo de obligatoriedad del que jamás se puede prescindir. El goce de estos individuos es menor ya que como es sabido por todos cuando el numerador se divide por un denominador grande el resultado disminuye sensiblemente.
En este nuestro caso, el goce o placer de disfrutar de las opciones que nos presenta la vida es el cociente de la división el numerador correspondería al tiempo que tenemos para vivir, y el denominador sería todas las necesidades de las que nos rodeamos para poder disfrutar de la vida.
Pero de juzgar a los individuos atendiendo al modo que tienen estos de ser felices todavía no hay nada escrito, y desde luego seguirá sin haberlo, porque las aporías no son puntos necesarios para formar seres poligonales.

València, 24-5-2001

 

viernes, 9 de agosto de 2013

Neuronía

“Neuronía: se dice del estallido simultáneo de neuronas, por simpatía entre estas, ante una avidez excesiva de información por parte del cerebro”.

Con cada discusión que tengo con la vida acabo rompiendo una conexión de mis neuronas. No es que lo note, no; sino que lo oigo, dentro de mi cabeza, como la cuerda de un arpa o de un piano que, al romperse, emite una nota desafinada quebrada; incluso algunos de ustedes, los que mejor me conozcan, dirán que no es para tanto, que yo, como mucho, lo máximo que puedo tener en la cabeza es un ukelele o un contrabajo; qué le vamos a hacer, somos simples.
El caso es que sospecho que con dos discusiones más, es probable que acabe hacinado en la cama de una sala de urgencias conectado a una maraña de tubos y de cables —con la rabia que me han dado siempre que se enreden— a una máquina que emita un constante y uniforme encefalograma plano de infinita nota monótona similar a la de la cuerda de un arpa o un piano cuando se rompen.
Todo el mundo sabe que el gran fracaso de la naturaleza ha sido el diseño de las neuronas porque son el único ente vivo incapaz de reproducirse. Alguna mente sesuda y pensante —porque le quedará alguna neurona, claro— dirá que es por el marcado carácter vocacional de estas, porque la neurona tiene que estar de manera continua transmitiendo información y no puede distraerse en placeres de ningún tipo —algo parecido a lo que pasa con los curas— y menos mundanos; aunque yo sospecho que algunas de mis neuronas ante el panorama que se les presenta han decidido autoinmolarse porque, de vez en cuando, sin venir a cuento, escucho notas quebradas de arpa por mi cabeza... o será que ya no sé distinguir cuando discuto de cuando dialogo. La velocidad está generando memorias muy cortas para esperanzas de vida tan largas.

sábado, 22 de junio de 2013

Suprematismo

Universo cultural u homenaje a Malevich.
(2013) – Diego Iglesias.
La sensibilidad sabe mucho de espacios blancos listos para ser impresos de ideas. Este eufemismo sobre la virginidad resulta recurrente a la hora de explicar la génesis de la obra de arte. Después viene el experto con su crítica indiscutible avalada por lectores ávidos de tecnicismos que expresen emociones y lanza el exabrupto, la palabra que resume meses, si no años, de trabajo. Pretencioso, ¿no? Bueno, al menos así queda demostrado que, en una obra de arte, cualquiera puede conocer más de la obra que el propio artista porque éste ha sido incapaz de sintetizar en una sola palabra, imagen, sonido, aroma o sabor la expresión de su idea.
El soporte en blanco al que se enfrenta cualquiera cuando quiere expresar una idea (bien sea la hoja de un papel, un bloque de mármol o un plato de loza) no es más que la suma del acervo cultural de la humanidad concentrado en una diminuta superficie —o volumen— esperando a que alguien elija cuál de las infinitas expresiones que contiene sea extraída, por lo que podemos concluir que sólo somos meros descubridores —por destapar— del saber y no creadores —por hacer algo de la nada— como pudiera parecer.


martes, 19 de marzo de 2013

Santos óleos

Esta crisis se nota hasta en el infierno. Ahora Satanás, en vez de azufre, utiliza aceite hirviendo para martirizarnos mientras esperamos el día del juicio final. La verdad es que no difiere mucho de lo que está sucediendo en Valencia con sus fiestas principales —las fallas— porque desde unos años a esta parte las calles han cambiado el olor a pólvora por el de fritanga. El primero no es que fuera muy agradable pero, como quiera que sólo se olía una vez al año, le daban a la fiesta un carácter único, un poco solemne, casi extático si me apuran. Pero el olor a fritanga... sólo hay que bajarse cualquier día al bar de la calle para disfrutarlo y, a veces, ni es necesario bajar; ya sube él sólo. Ese aceite requemado con el que se hacen lo mismo unas patatas fritas, que unos calamares, que un morro de cerdo o que unas croquetas de bacalao —“lo que facha falta”—; no es lo mismo con el que se hacen porras, churros y buñuelos, en los puestos de venta ambulante de cualquier calle que te encuentres de la Valencia incendiada, pero como si lo fuera. Hago un inciso para lanzar una propuesta: me gustaría que, a quién corresponda, realizara comprobaciones sobre la cantidad de calabaza que llevan los supuestos buñuelos de su mismo nombre... a mí todos me saben a viento, es decir, a nada. Un amigo tiene la teoría de que a los de calabaza en realidad le echan un poco de colorante de la paella a la masa para darles color. Sea como fuere, el pestazo a aceite frito n-veces-más-una que se te adhiere a la ropa cuando sales a pasear es tan intenso que esta no sirve de un día para otro y mucho menos tenderla por la noche en el balcón para que se airee, porque el olor a frito permanece toda la noche en el ambiente de la ciudad, hasta que, al despuntar el alba, cuando entra un ligero Xaloc, parece, y sólo parece, que el aroma desaparece. En realidad son las fosas nasales, en las que las vellosidades se han quedado impregnadas de las minúsculas gotas de aceite que flotan en el ambiente y, si no las limpias bien, perduran.
Como bien es sabido por todo el mundo, el aceite de girasol es malísimo para cocinar puesto que las gotitas, cuando se depositan sobre el azulejo de la cocina y se solidifican, es muy costoso eliminarlas, imagínense respirar ese aceite y que se quede impregnado en los bronquios... igual de nocivo y tóxico que fumarse un paquete de tabaco. Por eso insisto a la ministra Salgado para que haga una ley contra los puestos ambulantes de buñuelos-churros-porras por atentar contra la salud pública por los motivos acabados de citar... ¡Ahí va, si ya no es ministra!, ¡bueno, a quién corresponda!
Otra consideración es que estos puestos incitan al alcoholismo juvenil. Las cuentas son claras: cuesta muchísimo más —casi el triple— comprarse un churro en estos sitios que una cerveza en un gran supermercado de confianza de siempre precios bajos de esta ciudad desde hace treinta años. Así de taxativo por ser cierto.
Y no hablemos del daño que se le hace a la campaña —casi cruzada diría yo— contra el colesterol malo y la diabetes que la ministra Salgado mantiene a pesar del poco presupuesto del que dispone... ¡Ah, no, que la Salgado ya no es ministra!, ¡se me había vuelto a olvidar! ¿Es que nadie piensa ya en los niños? ¡Otra partida de dinero público derrochada! El poderoso lobby de los vendedores de churros-porras-buñuelos venciendo de nuevo al débil ministerio de la seguridad social... ¡Qué vergüenza, padre, que vergüenza!
...

jueves, 28 de febrero de 2013

En cueros vivos

Las palabras no son unas pervertidas, su naturaleza es otra. Somos los usuarios quienes hacemos un mal uso de ellas, de esto no cabe duda alguna. Hace tiempo ya hice al respecto un ejercicio de reflexión sobre la palabra rock —en este caso, el término, más que pervertido, estaría prostituido, porque esta industria, la de la música, arrastra mucho dinero detrás— y su mal uso ha llevado a confundirlo con cualquier música realizada con una guitarra eléctrica —sí, es cierto lo que estáis pensando: si la copla se canta con un riff de fondo, eso también es rock... para algunos—.
Con la expresión “en cueros vivos” pasa algo parecido porque no es lo mismo un cuero que una piel. Por definición, un cuero es un trozo de piel secada, curtida y trabajada —un trozo de piel muerta, se sobreentiende—; por lo que debería decirse mejor ir “en piel viva”, o “estar en piel viva”, lo que resultaría un tanto paradójico porque la piel siempre está viva... Bueno, no, las momias conservan su piel, pero con la definición que acabo de dar, al estar muertas, lo que estarían es en cueros, pero no vivos —creo que empiezo a hacerme un lío—.
Alguien podría estar pensando en un abrigo de pieles. Pero no es lo mismo, porque eso son abrigos de cueros peludos puesto que existe una sutil diferencia semántica y, por lo general, por qué no decirlo, de precio. Ojo, que nadie se lleve a engaño, no apruebo la matanza de ningún animal por su piel en esta sociedad super-hiper-mega-tecnológica —en las culturas primitivas, que todavía las hay, es otro cantar—. Pero a lo que iba, que pierdo el hilo: pieles peludas  vivas todavía las hay y no deben confundirse con los abrigos de pieles peludas muertas, es decir, abrigos de cueros peludos, lo que me lleva a la reflexión del porqué de la casi enfermiza moda actual de rasurar la piel. Se ha abierto una guerra mundial contra el pelo. De la cabeza, las axilas, el torso, el pubis, las nalgas; parece ser que el único permitido y aceptado por la sociedad es el pelo de la cabeza de las mujeres.
Yo, desde aquí, manifiesto mi deseo por la igualdad entre sexos y que las mujeres también vayan con la cabeza afeitada, por un mundo sin pelo, tan molesto con el viento, siempre con champús anticaspa, provitamínicos, con mascarillas de germen de trigo —ojo con eso celíacos—. Con el tiempo conseguiremos que la humanidad evolucione hacia la alopecia integral. Aboguemos por ello: ¡todos sin un pelo en el cuerpo! ¡Estilistas al poder! ¡Se acabó el encontrarse un pelo en la sopa!

jueves, 31 de enero de 2013

Epitelial

Las pieles blancas —tanto o más que el talco— parecen que se van a quebrar con sólo mirarlas, como si fueran jarrones de porcelana... figuritas de Lladró acromadas. Tienen una especial relación con la luz de la Luna que las hace, si cabe, más bellas.
Por el contrario, las pieles negras, casi de reflejos azulados, parecen obsidianas volcánicas que tan sólo los rayos del Sol son capaces de irisar la infinita paleta de brillos cromáticos que poseen. Lo más probable es que esto sea el resultado de la difracción de la luz solar sobre el prisma que supone las diminutas gotas de sudor. Mucho más evidente sobre un fondo negro que blanco, qué duda cabe.
Entre ambas, todas las demás pieles, todas del mismo color, pero de interminables tonos en función de la concentración de melanina requerida para protegerse de la radiación ultravioleta solar.
La piel tiene sus propias marcas naturales que nos diferencian del resto, que nos hacen únicos: igual que las huellas dactilares nos identifican desde que nacemos hasta que fenecemos, los lunares son las huellas que nos provoca la naturaleza, mientras que las cicatrices son la firma de nuestras imprudencias a lo largo de la vida.
Todas las pieles son envoltorios preciosos, suaves y tersos... y sensibles. Incluso la más áspera requiere una caricia o un roce espontáneo; necesitan el contacto, el tacto, tocarse. Las pieles cuarteadas por el tiempo, por el sol, el aire o el salitre, como tierra reseca por una sequía prolongada en el tiempo, no son por ello más insensibles; el calor de la palma de una mano también puede enternecerlas.
Las pieles tatuadas es otra cosa... un auto castigo infringido que suena a problema afectivo. No creo que se trate de una distinción individual, sino de una marca —en cierto modo de propiedad—. Me viene a la memoria la inmensa cantidad de judíos que deben quedar todavía marcados como propiedad de Auschwitz o Treblinka, esclavos de uno de los episodios más tristes de la historia reciente. Lo dicho, las pieles tatuadas son pieles marcadas de por vida. No hay que llevarse a engaño: no son una marca personal, distintiva o diferenciador, sino la firma de un artista.
La atracción sexual empieza y termina por la piel. Cuando los amantes inician su ritual previo al coito, siempre se supedita a la caricia de la piel, bien sea en la zona del cuello, de las mejillas, de la frente, o incluso de los labios, por decir algunos puntos erógenos epiteliales.
 Unas de las zonas más interesantes del cuerpo es el de la boca. El más asombroso quizás por su versatilidad y su capacidad de dilatación. Y no confundamos los términos: cuando una boca se abre, la piel es la que se dilata; el músculo, se contrae.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Ruidos

Desde el punto de vista de la acústica, los ruidos pueden clasificarse por colores: Rosa, blanco, marrón, rojo, azul, violeta, gris  —como los tipos de Reservoir Dogs— en los que el nivel sonoro está caracterizado por una densidad espectral de diferentes proporciones a la frecuencia según la tipología o color —ruido rosa cuando es inversamente proporcional—, o está compuesto en su mayoría por frecuencias graves y medias —ruido rojo, marrón o browniano—. Pero esto pertenece al campo de la teoría pura y dura, luego aburrido para los legos en la materia. Para entendernos, todos estos ruidos se parecen muchísimo al que emite la televisión cuando se acaba la programación; y creo que todos recordamos la escena inicial de la película de Hope/Spielberg, Poltergeist; cuando Carol Anne dice: “Ya están aquiiiiiiiiiií...”, el ruido que se escucha de fondo es un ruido blanco, pero a todo volumen.

Poltergeist (1982) Tobe Hope / Steven Spielberg
         Por cierto: ¿Por qué se traduciría en España el nombre de Carol Anne por el de Caroline? Se pasan toda la película llamándola “Carolain”—. En fin, fenómenos paranormales (?) Prosigamos...
      Mas paranormal si cabe, resulta el ruido —en cualquiera de sus colores— en el espacio exterior o sideral —que diría Bernardo Bonezzi— puesto que, para propagarse, necesita de un medio físico —sólido, líquido o gaseoso— y, ¡sorpresa!, en el espacio intergaláctico por el que las naves "Enterprise" o "Millennium Falcon" generan aquellos sonidos tan característicos NO SE OYE NADA, porque no existe medio por el que se pueda propagar, teoría del bosón de Higgs aparte... Pero esa es otra historia, mucho más compleja y que espero no explicar nunca.