![]() |
Ley de la gravitación universal (1687) Isaac Newton |
El momento más excitante
de una relación sexual es cuando el lenguaje corporal de ambos dice que sí. No
es necesario que el cerebro se entere de nada, de hecho, es el último en
enterarse.
Por lo que respecta al
diálogo que establecen ambas partes es frugal como un desayuno español,
pragmático como un americano —del norte— y preciso como un reloj suizo; sólo
requiere la confirmación de una mirada cómplice que dure décimas de segundo y
un gesto —da igual que sea torpe o acertado, lo importante es que una de las
partes dé ese primer paso—; después todos los acontecimientos se sucederán
siguiendo el ritual invisible que la Naturaleza tiene marcado para perpetuarse.
Tan sencillo y antiguo como la existencia de la propia vida en la Tierra.
En ese ritual, el
contacto es imprescindible aunque dispar. Puede ser una caricia, incluso una
brusquedad —dependerá del grado de dominación o sumisión del individuo—, pero
la piel se convierte en la protagonista del rito. La textura es tan importante
que se diría que la teoría gravitacional de Newton queda desechada porque lo
que influye no es la masa ni la aceleración o la distancia de los cuerpos sino
la capacidad que esta —la piel— tiene de llamar la atención y atraer a otro
cuerpo. Por ello son tan importantes parámetros como el grado de rugosidad; aspereza; dureza; vellosidad; limpieza —referida más que a la higiene, que
también, a la ausencia o no de marcas generadas por el tiempo como lunares,
pecas, cicatrices o tatuajes—; tonalidad —quien suscribe no cree que existan los colores de
piel— y, cómo no, aroma y sabor; porque todos los sentidos entran en juego. Es
ahí, en el campo del olfato y del gusto donde cobran su máxima importancia los
besos. El ser humano es inteligente y ha desarrollado un recurso aceptado por
la sociedad para no tener que ir dando lametones a diestro y siniestro, pues
con el gesto del beso no sólo la boca entra en contacto con la piel, sino que
la nariz queda a la distancia exacta para poder comprobar —y constatar— con el
olfato que esa epidermis, y no otra, es la adecuada. Cuando todos estos
parámetros confluyen en la misma dirección el resultado no puede ser otro que
el del ACTO[1], donde entran de lleno en
juego los sexos y su pericia o torpeza para producir placer, pero esa es otra
historia.
Interesante y compleja disertación sobre los detalles para un acto que ante todo, debería ser lo más natural del mundo… Un beso
ResponderEliminarGracias, Mer, por tus comentarios y tu interés en esta página. Eres muy amable. Este texto, como indica la etiqueta, es un homenaje a la piel, algo más que un simple envoltorio. Ya he tratado varias veces sobre este tema que me apasiona: lo que en arquitectura se denomina el aspecto visual de la forma. Otro beso para ti.
Eliminar