jueves, 31 de enero de 2013

Epitelial

Las pieles blancas —tanto o más que el talco— parecen que se van a quebrar con sólo mirarlas, como si fueran jarrones de porcelana... figuritas de Lladró acromadas. Tienen una especial relación con la luz de la Luna que las hace, si cabe, más bellas.
Por el contrario, las pieles negras, casi de reflejos azulados, parecen obsidianas volcánicas que tan sólo los rayos del Sol son capaces de irisar la infinita paleta de brillos cromáticos que poseen. Lo más probable es que esto sea el resultado de la difracción de la luz solar sobre el prisma que supone las diminutas gotas de sudor. Mucho más evidente sobre un fondo negro que blanco, qué duda cabe.
Entre ambas, todas las demás pieles, todas del mismo color, pero de interminables tonos en función de la concentración de melanina requerida para protegerse de la radiación ultravioleta solar.
La piel tiene sus propias marcas naturales que nos diferencian del resto, que nos hacen únicos: igual que las huellas dactilares nos identifican desde que nacemos hasta que fenecemos, los lunares son las huellas que nos provoca la naturaleza, mientras que las cicatrices son la firma de nuestras imprudencias a lo largo de la vida.
Todas las pieles son envoltorios preciosos, suaves y tersos... y sensibles. Incluso la más áspera requiere una caricia o un roce espontáneo; necesitan el contacto, el tacto, tocarse. Las pieles cuarteadas por el tiempo, por el sol, el aire o el salitre, como tierra reseca por una sequía prolongada en el tiempo, no son por ello más insensibles; el calor de la palma de una mano también puede enternecerlas.
Las pieles tatuadas es otra cosa... un auto castigo infringido que suena a problema afectivo. No creo que se trate de una distinción individual, sino de una marca —en cierto modo de propiedad—. Me viene a la memoria la inmensa cantidad de judíos que deben quedar todavía marcados como propiedad de Auschwitz o Treblinka, esclavos de uno de los episodios más tristes de la historia reciente. Lo dicho, las pieles tatuadas son pieles marcadas de por vida. No hay que llevarse a engaño: no son una marca personal, distintiva o diferenciador, sino la firma de un artista.
La atracción sexual empieza y termina por la piel. Cuando los amantes inician su ritual previo al coito, siempre se supedita a la caricia de la piel, bien sea en la zona del cuello, de las mejillas, de la frente, o incluso de los labios, por decir algunos puntos erógenos epiteliales.
 Unas de las zonas más interesantes del cuerpo es el de la boca. El más asombroso quizás por su versatilidad y su capacidad de dilatación. Y no confundamos los términos: cuando una boca se abre, la piel es la que se dilata; el músculo, se contrae.

4 comentarios:

  1. Hmmmm, el envoltorio epitelial que cubre mi cuerpo se ha alterado después de esta lectura tan interesante. Muy didáctica esta entrada y sus matices.
    Has de estar orgulloso de estar dentro de tu piel.

    Un abrazo.

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  2. Me gusta tu capacidad para hacer poesía sobre cualquier tema. Eso es talento "a flor de piel". Sobre el tema de las pieles profanadas (en expresión de Robert De Niro en "El cabo del miedo") recuerdo una historia de Roal Dahl titulada, precisamente, "Tatuaje". Evidentemente un tatuaje es una firma, pero también algo más, al igual que un beso o una caricia dejan en nuestra piel la firma (y algo más) de la persona de quien la recibimos. Lamentablemente, los golpes también entran en este grupo de firmas. Se podría decir, creo, que nuestra piel es nuestra biografía. Un abrazo amigo.

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  3. Muchas gracias por vuestros comentarios, queridos amigos. Estas "reflexiones" (en realidad ráfagas de ideas) no son otra cosa más que pequeños motivos introductorios para conversar alrededor de un café o de una cerveza (según la hora) virtual con vosotros. Me alegra que os entretenga. De eso se trata.

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