Resulta muy fácil
no mirar, basta con cerrar los ojos —en realidad no se cierran los ojos, sino
los párpados— o desviar la mirada —mover los ojos o girar la cabeza—. Pero
dejar de escuchar es mucho más complicado; no tenemos los mismos recursos que
con la vista y lo único que podemos hacer es taparnos los oídos —entiéndase las
orejas— o taponarlos con cera, algodón o con los dedos (siempre me ha parecido
muy divertida la visión de una persona usando los dedos para ello). En cuanto a
no hablar, es más que evidente que para algunos les es imposible dejar de
hacerlo incluso debajo del agua, pero ese es otro tema.
Está
claro que no es lo mismo ver que mirar, ni tampoco oír que escuchar; en ambos
casos depende de la concentración y de la intensidad con la que nos llegue la
imagen o el sonido —además de un sinfín de factores que no vienen a cuento por
no aburrir—, pero dejar de escuchar se nos antoja mucho más complicado puesto
que es casi imposible no prestar atención cuando sobresale algún sonido sobre
los demás —como sucede con la sirena de las ambulancias, el tubo de escape de
la moto trucada del imbécil del primero, las lecciones de tuba del niño del
octavo o los gritos de la del quinto cada vez que pega un polvo (echar un polvo
sería más correcto)—.
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Escultura de madera de Hidari Jingorō
(1594-1634), situada sobre los establos sagrados del santuario de Toshogu
(1636), construido en honor de Tokugawa Ieyasu, en Nikko, al norte de Tokio
(Japón).
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Lo
cierto es que cuesta menos dejar de ser un voyeur —mirón según la acepción
española, ya que para los franceses sería un
“mateur”— que un “ecóuteur” —no existe en castellano un concepto similar
al francés (fisgón); son todos imprecisos y conllevan el acto de mirar—. Por lo
que cuando vea a la vecina del quinto pasearse desnuda por su casa —como ha estado
haciendo durante todo este verano— seré consciente de que no soy un voyeur
porque la veo pero no la miro; pero cuando la oiga gemir de placer cada noche
—e incluso, a veces, alguna tarde— tendré claro que, aún sin pretenderlo, me
habré convertido en un “ecóuteur”.
Jejejeje, interesantes reflexiones, caray con el vecindario, a ver si te convierten en lo que no sabías que eras o en lo que no quieres ser. De lo que no tengo duda, es de que eres un crack.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo, amigo.
Uy, si yo te contara...
EliminarGracias por tus comentarios. Un beso fuerte.