También efemérides,
pero más correcto en singular si lo que se busca es la singularidad, como es el
caso. De cualquiera de sus formas lo que nos preocupa —o aterra, como diría
aquel— no es tanto su significado como su uso, incluso a quién se le aplica;
porque dependiendo del personaje no es lo mismo si se celebra su nacimiento
como su fallecimiento.
Tenemos
muy claro que la efeméride natal o mortal no está para nada relacionada con la
bondad o maldad del sujeto, pero debería: de los buenos habría que recordar su
nacimiento; mientras que de los muy malos, su muerte —de los malos a
secas ya se encargará el tiempo de borrarlos de la memoria—. Pero seguro estoy
que, de inmediato, se alzarían las voces cuestionando el grado de bondad o
maldad por lo subjetivo del juicio, de la mano siempre con el ámbito cultural;
por ello no ilustramos esta entrada con ningún personaje real.
No
obstante, el étimo da pistas; “ephêmeridos” como referido a lo más notable del
día, si lo celebrado es una muerte de cualquier forma resulta de mal gusto (que
viene a ser como el modal aplauso con que se cierran los entierros ahora);
parece más acertado siempre celebrar un nacimiento, y no hay que argüir que
cuando se nace no se ha hecho todavía nada, sino que es el nacer un hecho de
universal regocijo, mucho más que el de la muerte.
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Henry: Portrait of a Serial Killer – 1986. De
John McNaughton y protagonizada por Michael Rooker. Imagen tomada de Internet.
Todo esto resulta
contradictorio si lo aplicamos al aniversario del estreno de una película que
narra un segmento de la vida del asesino en serie Henry Lee Lucas; otra aporía
más para esta bitácora venida a menos y una excusa para revisar el magnífico
trabajo de Michael Rooker, otro gran actor devorado por el éxito de su
personaje, como Malcolm McDowell, Peter Lorre y tantos otros. Pero ese es otro
tema.
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