Una de las
mayores fuentes del proceso creativo se halla en los sueños. En el
subconsciente nocturno se almacena todo aquello que no obtiene una respuesta del
consciente diurno, por lo que se podría decir los sueños resultan una especie
de inventario de cuestiones pendientes de la rutina; siempre de manera poética,
nunca prosaica, afirmaría incluso que la luna no es más que el almacén de las cuestiones
pendientes planteadas bajo la luz del sol.
Cada
día que pasa tengo mayor certeza de que el surrealismo no es el deseo manifiesto
de los sueños, sino el calotipo de la consciencia; por lo que —tras un periodo
de aprendizaje, como todo en esta vida—, es posible llegar a comprender la
realidad desde este punto de vista. Los beneficios de esta complejidad
voluntaria son obvios pero, quizá, su mayor problema resida en la dependencia
que genera la maravilla de la particularidad.
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Imagen tomada de internet |
Como
decía, aprender a mirar desde esta perspectiva, desde una de las infinitas caras
infinitesimales de la esfera —si se me permite la licencia redundante—; es un
proceso largo, complejo y de resultados dependientes como corresponde a
cualquier proceso de abstracción porque el intelecto, en definitiva, se nutre
de ello. Claro, si se quiere, porque lo cierto es que, a veces la inteligencia
sólo está al servicio de la supervivencia —que no es poco, todo hay que decirlo—
frente a las agresiones de otros intelectos que por miedo se dedican a la
siembra de cadáveres. Y con ese panorama es difícil que los vasos sirvan para
otra cosa que no sea cubrir la necesidad fisiológica de saciar la sed o permanecer
la mayor parte del día —y de la noche— en un armario de la cocina: vacío.
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