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Busto
de Nefertiti – Museo egipcio de El cairo
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Claudivones,
escultor de la escuela de Alejandría, dedicó toda su vida profesional a la
creación y recreación de la iconografía clásica y antigua de Egipto y, de
manera especial, a esmerarse en el apéndice nasal de sus creaciones. Consideraba
que, siendo la nariz la parte más visible de un rostro, la que antes se percibe
por su obvia proximidad con el espectador como si de una especie de tarjeta de
presentación se tratara; más que deber, tenía que ser perfecta.
Y
lo consiguió con creces. Nadie reprodujo nunca durante su época narices tan
bellas como él. Su problema, su drama interno, radicó en que, para llegar a ese
estadio de perfección, tuvo que renunciar a la originalidad y centrarse en un
único modelo, lo que derivó en que siempre esculpiera la misma nariz. Esto le
produjo tal desesperanza que, al final de su longeva carrera como reproductor
tridimensional de la belleza en cualquiera de sus manifestaciones —real, ideal
o natural— en un arrebato de extrema impotencia y locura, se dedicara por toda
la ciudad, cincel en mano, a mutilarlas.