sábado, 7 de diciembre de 2013

Espéculos

Debe ser cierto que especular no es un delito cuando todo el mundo decide o ansía realizar esta práctica. Uno, que es tonto, pensaba hasta hace poco que se trataba de representar de la manera más fidedigna posible la imagen de un modelo que reflejaba un espejo —sí, claro, acabo de reconocerles mi simpleza—. Claro que, también hace tiempo que aprendí que, para la ciencia, un modelo es una mentira; luego no íbamos tan desencaminados. El modelo científico consiste en una hipótesis desprovista de lo superfluo destinada a explicar de manera racional una complejidad.
     Es así como lo original, el modelo del espejo —da igual que sea o no una mentira— queda como parte real del objeto mientras que el reflejo se convierte en la parte imaginada —representación de una imagen— y entramos de lleno en el mundo de la realidad y la suplementaria surrealidad de la que tanto sabía esa punta de iceberg que era Dalí.
     Pero no acabo de aceptar que cuando me miro en el espejo como Eduardo Benavente, aparte de “ser feliz y no pensar en nadie más que en mí”, realice un acto de especulación ya que el inconsciente —o quizás sea el subconsciente, vaya usted a saber— me sugiere que estoy observando con interés (especulando) más que contemplando con placer (viéndome reflejado). Es evidente que la observación conlleva una mayor intención que la visión o la contemplación.
     A estas alturas el lector ya habrá adivinado que no estoy hablando del, digamos, extraño instrumento que los médicos utilizan para explorar la vagina o cualquier otro orificio corporal; y mucho menos de las deliciosas galletas belgas y holandesas* de mantequilla que evocan la historia navideña de Nicolás de Bari y que los hijos de la Gran Bretaña devoran en su, más que diaria, religiosa ingesta de teína. Aunque se empiezan a vislumbrar las derivaciones y conexiones entre los étimos.
    No obstante me sigue quedando la duda de si especular puede considerarse un acto de pecado capital, bien porque sea parte de nuestra naturaleza —sospecho que no sólo mediterránea— o una derivación inequívoca de la envidia que nos produce ver a tanto sujeto —me niego a calificarlos porque seré cruel y procaz— practicándola con total impunidad porque, a pesar de todo el sufrimiento que conlleva a quien no acolita esta práctica, se sigue especulando.

* Los Speculoos, Speculaas o Spekulatius (también se conocen como galletas de mantequilla y jengibre) son unas galletas belgas tradicionales de Navidad, pero que también se consumen habitualmente en Alemania, Holanda y el norte de Francia. Se caracterizan por su forma con figuras y motivos como la que podéis ver en la imagen, pero también por su textura crujiente y su sabor.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Secretos de familia – Números primos (II parte)

Los números primos son una familia de infinitos miembros en los que, como en todas las familias, existe uno o varios miembros que son “los garbanzos o las ovejas negras”. En el caso que nos ocupa, el denominador común de todos los miembros que conforman esta familia es que son todos impares, menos uno, el 2 —par—, y el 1 que, aún siendo impar, dicen ahora los teóricos de las matemáticas que ya no es primo —debe ser que, como en toda buena familia que se precie, se ha peleado con el resto por una cuestión de herencia; en este caso, por la definición—.
         Sea como fuere, el caso es que en la familia de los números primos, lo que “prima” es la imparidad. Dentro de esta condición se agrupan en cinco subfamilias de números: los acabados en 1, 3, 5, 7 y 9; con la curiosidad de que el 5 no tiene descendencia, es un soltero de oro —quizá por un oculto narcisismo exacerbado, por una homosexualidad reprimida, o ambas cosas, ¿por qué no?—; salvo él mismo, todos los números acabados en 5 son múltiplos de él, luego no son primos. Así que la familia prima se reduce a un núcleo duro en el que los protagonistas son el 1 —con el cabeza de familia expulsado como ya hemos mencionado—, el 3, 7 y 9 —este último tiene que soportar las constantes burlas del 3 porque él mismo (el 9) es múltiplo de 3—. En realidad la del 9 es una subfamilia escinda o de ¿segunda? ya que el cabeza de familia no es número primo.
         Así que las dos grandes familias que restan y, por ende, compiten entre sí son la del 3 y la del 7.


         La sucesión de números primos acabados en 3 es que se repiten en grupos de dos y saltan una decena (13-23, 43-53, 73-83, 103-113, ¿133-143?...). Algo empieza a fallar. Hay miembros de la familia que deberían estar y no están; ausencias misteriosas, números desaparecidos, personajes típicos de telefilm americano de sobremesa saturnina.
         En los diagramas adjuntos se muestra de una manera gráfica el porqué de esas extrañas variaciones, que obedecen —como no podía ser de otra manera— a series numéricas sencillas. En el caso del 133 y 143 atiende la regla de que son múltiplos de dos primos (133=7x19 y 143=11x13); es, pues, la superposición de estas series la que descubre la posición de todos los números primos. El primero en darse cuenta de esta disposición numérica —no tan resumida— fue Eratóstenes y ya dimos cuenta de él en una entrada anterior*, aquí mismo, en MLS; pero no por ello deja de asombrar redescubrir la posición elegante y bella que cada familia de múltiplos adopta en un infinito mar de números. En esa inmensidad de orden rígido, a poco que uno se fije, descubre un juego sencillo y divertido para ordenar, disponer, racionalizar aparentes caos. Vamos, una inutilidad más... como otra cualquiera.



* MLS 2012-02-29 El día que descubrí que el uno no era primo.

lunes, 7 de octubre de 2013

Este blog todavía no está muerto. Es que, de momento, no tengo nada qué contar.

Se trata de un ciclo. Hay un tiempo para dar y otro para recibir. Momentos de escritura que preceden otros de lectura. Reflexiones tras observaciones.
Siempre que he imaginado en qué época de la historia hubiera encajado mejor, un escalofrío me ha recorrido la espalda. El otro día me vi en la Grecia clásica, entre magníficos discursos políticos, cuerpos perfectos y batallas incesantes —regalos de los dioses todos—; y caí en la cuenta del paralelismo con la actualidad (el lector se habrá dado cuenta ya de la ironía). Así que me desvié con celeridad a una de mis aficiones inconfesables: construir diálogos en mi cabeza partiendo de canciones inglesas; pero me atasqué con “Wanted Man” de Cash cantada por Nick Cave. Así que decidí escribir a una amistad lejana en el espacio.
No quería que fuesen unas letras profundas, aunque sí cálidas —como el puto día de poniente que el primero de octubre nos estaba regalando a la ciudad de los grandes eventos muertos y enterrados— y sinceras, ¡cómo no! Luego no cabía más opción que ofrecerle un pedazo de entraña macerada hallada entre las ruinas de un disco duro: “De triángulos y circunferencias”.


DE TRIÁNGULOS Y CIRCUNFERENCIAS

Vaya por delante que este artículo no pretende ser un ensayo matemático sobre geometría euclídea, ni tampoco una síntesis sociológica. Tan solo es una invitación a la reflexión que el autor abajo firmante lanza con el fin de poner equilibrio y sentido en la batalla del día a día.
Tres puntos definen un plano; si estos distan entre sí lo mismo se obtiene un triángulo equilátero, una figura perfecta. Al añadir un punto más convertimos el triángulo en un polígono de cuatro lados, o para ilustrar mejor el ejemplo, en un cuadrado. Si se añaden infinitos puntos buscando siempre la regularidad de la figura geométrica llegamos a la circunferencia: figura perfecta en la que todos los puntos que la definen equidistan de uno, al que se le llama centro.
A las personas les pasa lo mismo. Las hay que definen el plano de su vida en torno a tres puntos básicos, tres ideas, o simplemente tres necesidades. Otras necesitan de cuatro, cinco o más puntos. Las menos necesitan, como la circunferencia, de infinitos puntos para poder asentar su vida. Todas las opciones son válidas, no se es mejor ni peor por ser un triángulo o una circunferencia, ni si quiera si se está en el inmenso abanico de posibilidades que ofrece el término medio. La única diferencia entre la circunferencia y el resto de figuras geométricas regulares que definen un plano es que mientras las últimas se bastan con el mismo número de puntos para crecer, la circunferencia necesita aumentar su infinito número de puntos equidistantes del centro para seguir conservando su esencia y su carácter cerrado o completo. Así pues los seres circunferencia, a lo largo de su existencia, van acumulando sin cesar los puntos básicos necesarios para vivir, mientras que los seres triángulos todo lo supeditan a sus tres necesidades básicas. Y no por estar conformado por tres o infinitos puntos se tiene que ser más o menos complejo o simple. Hay triángulos basados en el aprendizaje, la maestría y la enseñanza, mientras que otros lo hacen en el comer, beber y amar. Son necesidades o ideas que no tienen por qué ser antagónicas, incluso pueden complementarse; pero lo cierto es que este tipo de personas son más felices que aquellas que están obligadas a rodearse de un mayor número de necesidades ya que les resulta más fácil desprenderse de todo aquello que no les es necesario y disfrutar con mayor intensidad de aquello que poseen. Por contra cuantas más necesidades se adquieran, más se depende de ellas, creándose un vínculo de obligatoriedad del que jamás se puede prescindir. El goce de estos individuos es menor ya que como es sabido por todos cuando el numerador se divide por un denominador grande el resultado disminuye sensiblemente.
En este nuestro caso, el goce o placer de disfrutar de las opciones que nos presenta la vida es el cociente de la división el numerador correspondería al tiempo que tenemos para vivir, y el denominador sería todas las necesidades de las que nos rodeamos para poder disfrutar de la vida.
Pero de juzgar a los individuos atendiendo al modo que tienen estos de ser felices todavía no hay nada escrito, y desde luego seguirá sin haberlo, porque las aporías no son puntos necesarios para formar seres poligonales.

València, 24-5-2001

 

viernes, 9 de agosto de 2013

Neuronía

“Neuronía: se dice del estallido simultáneo de neuronas, por simpatía entre estas, ante una avidez excesiva de información por parte del cerebro”.

Con cada discusión que tengo con la vida acabo rompiendo una conexión de mis neuronas. No es que lo note, no; sino que lo oigo, dentro de mi cabeza, como la cuerda de un arpa o de un piano que, al romperse, emite una nota desafinada quebrada; incluso algunos de ustedes, los que mejor me conozcan, dirán que no es para tanto, que yo, como mucho, lo máximo que puedo tener en la cabeza es un ukelele o un contrabajo; qué le vamos a hacer, somos simples.
El caso es que sospecho que con dos discusiones más, es probable que acabe hacinado en la cama de una sala de urgencias conectado a una maraña de tubos y de cables —con la rabia que me han dado siempre que se enreden— a una máquina que emita un constante y uniforme encefalograma plano de infinita nota monótona similar a la de la cuerda de un arpa o un piano cuando se rompen.
Todo el mundo sabe que el gran fracaso de la naturaleza ha sido el diseño de las neuronas porque son el único ente vivo incapaz de reproducirse. Alguna mente sesuda y pensante —porque le quedará alguna neurona, claro— dirá que es por el marcado carácter vocacional de estas, porque la neurona tiene que estar de manera continua transmitiendo información y no puede distraerse en placeres de ningún tipo —algo parecido a lo que pasa con los curas— y menos mundanos; aunque yo sospecho que algunas de mis neuronas ante el panorama que se les presenta han decidido autoinmolarse porque, de vez en cuando, sin venir a cuento, escucho notas quebradas de arpa por mi cabeza... o será que ya no sé distinguir cuando discuto de cuando dialogo. La velocidad está generando memorias muy cortas para esperanzas de vida tan largas.

sábado, 22 de junio de 2013

Suprematismo

Universo cultural u homenaje a Malevich.
(2013) – Diego Iglesias.
La sensibilidad sabe mucho de espacios blancos listos para ser impresos de ideas. Este eufemismo sobre la virginidad resulta recurrente a la hora de explicar la génesis de la obra de arte. Después viene el experto con su crítica indiscutible avalada por lectores ávidos de tecnicismos que expresen emociones y lanza el exabrupto, la palabra que resume meses, si no años, de trabajo. Pretencioso, ¿no? Bueno, al menos así queda demostrado que, en una obra de arte, cualquiera puede conocer más de la obra que el propio artista porque éste ha sido incapaz de sintetizar en una sola palabra, imagen, sonido, aroma o sabor la expresión de su idea.
El soporte en blanco al que se enfrenta cualquiera cuando quiere expresar una idea (bien sea la hoja de un papel, un bloque de mármol o un plato de loza) no es más que la suma del acervo cultural de la humanidad concentrado en una diminuta superficie —o volumen— esperando a que alguien elija cuál de las infinitas expresiones que contiene sea extraída, por lo que podemos concluir que sólo somos meros descubridores —por destapar— del saber y no creadores —por hacer algo de la nada— como pudiera parecer.


martes, 19 de marzo de 2013

Santos óleos

Esta crisis se nota hasta en el infierno. Ahora Satanás, en vez de azufre, utiliza aceite hirviendo para martirizarnos mientras esperamos el día del juicio final. La verdad es que no difiere mucho de lo que está sucediendo en Valencia con sus fiestas principales —las fallas— porque desde unos años a esta parte las calles han cambiado el olor a pólvora por el de fritanga. El primero no es que fuera muy agradable pero, como quiera que sólo se olía una vez al año, le daban a la fiesta un carácter único, un poco solemne, casi extático si me apuran. Pero el olor a fritanga... sólo hay que bajarse cualquier día al bar de la calle para disfrutarlo y, a veces, ni es necesario bajar; ya sube él sólo. Ese aceite requemado con el que se hacen lo mismo unas patatas fritas, que unos calamares, que un morro de cerdo o que unas croquetas de bacalao —“lo que facha falta”—; no es lo mismo con el que se hacen porras, churros y buñuelos, en los puestos de venta ambulante de cualquier calle que te encuentres de la Valencia incendiada, pero como si lo fuera. Hago un inciso para lanzar una propuesta: me gustaría que, a quién corresponda, realizara comprobaciones sobre la cantidad de calabaza que llevan los supuestos buñuelos de su mismo nombre... a mí todos me saben a viento, es decir, a nada. Un amigo tiene la teoría de que a los de calabaza en realidad le echan un poco de colorante de la paella a la masa para darles color. Sea como fuere, el pestazo a aceite frito n-veces-más-una que se te adhiere a la ropa cuando sales a pasear es tan intenso que esta no sirve de un día para otro y mucho menos tenderla por la noche en el balcón para que se airee, porque el olor a frito permanece toda la noche en el ambiente de la ciudad, hasta que, al despuntar el alba, cuando entra un ligero Xaloc, parece, y sólo parece, que el aroma desaparece. En realidad son las fosas nasales, en las que las vellosidades se han quedado impregnadas de las minúsculas gotas de aceite que flotan en el ambiente y, si no las limpias bien, perduran.
Como bien es sabido por todo el mundo, el aceite de girasol es malísimo para cocinar puesto que las gotitas, cuando se depositan sobre el azulejo de la cocina y se solidifican, es muy costoso eliminarlas, imagínense respirar ese aceite y que se quede impregnado en los bronquios... igual de nocivo y tóxico que fumarse un paquete de tabaco. Por eso insisto a la ministra Salgado para que haga una ley contra los puestos ambulantes de buñuelos-churros-porras por atentar contra la salud pública por los motivos acabados de citar... ¡Ahí va, si ya no es ministra!, ¡bueno, a quién corresponda!
Otra consideración es que estos puestos incitan al alcoholismo juvenil. Las cuentas son claras: cuesta muchísimo más —casi el triple— comprarse un churro en estos sitios que una cerveza en un gran supermercado de confianza de siempre precios bajos de esta ciudad desde hace treinta años. Así de taxativo por ser cierto.
Y no hablemos del daño que se le hace a la campaña —casi cruzada diría yo— contra el colesterol malo y la diabetes que la ministra Salgado mantiene a pesar del poco presupuesto del que dispone... ¡Ah, no, que la Salgado ya no es ministra!, ¡se me había vuelto a olvidar! ¿Es que nadie piensa ya en los niños? ¡Otra partida de dinero público derrochada! El poderoso lobby de los vendedores de churros-porras-buñuelos venciendo de nuevo al débil ministerio de la seguridad social... ¡Qué vergüenza, padre, que vergüenza!
...

jueves, 28 de febrero de 2013

En cueros vivos

Las palabras no son unas pervertidas, su naturaleza es otra. Somos los usuarios quienes hacemos un mal uso de ellas, de esto no cabe duda alguna. Hace tiempo ya hice al respecto un ejercicio de reflexión sobre la palabra rock —en este caso, el término, más que pervertido, estaría prostituido, porque esta industria, la de la música, arrastra mucho dinero detrás— y su mal uso ha llevado a confundirlo con cualquier música realizada con una guitarra eléctrica —sí, es cierto lo que estáis pensando: si la copla se canta con un riff de fondo, eso también es rock... para algunos—.
Con la expresión “en cueros vivos” pasa algo parecido porque no es lo mismo un cuero que una piel. Por definición, un cuero es un trozo de piel secada, curtida y trabajada —un trozo de piel muerta, se sobreentiende—; por lo que debería decirse mejor ir “en piel viva”, o “estar en piel viva”, lo que resultaría un tanto paradójico porque la piel siempre está viva... Bueno, no, las momias conservan su piel, pero con la definición que acabo de dar, al estar muertas, lo que estarían es en cueros, pero no vivos —creo que empiezo a hacerme un lío—.
Alguien podría estar pensando en un abrigo de pieles. Pero no es lo mismo, porque eso son abrigos de cueros peludos puesto que existe una sutil diferencia semántica y, por lo general, por qué no decirlo, de precio. Ojo, que nadie se lleve a engaño, no apruebo la matanza de ningún animal por su piel en esta sociedad super-hiper-mega-tecnológica —en las culturas primitivas, que todavía las hay, es otro cantar—. Pero a lo que iba, que pierdo el hilo: pieles peludas  vivas todavía las hay y no deben confundirse con los abrigos de pieles peludas muertas, es decir, abrigos de cueros peludos, lo que me lleva a la reflexión del porqué de la casi enfermiza moda actual de rasurar la piel. Se ha abierto una guerra mundial contra el pelo. De la cabeza, las axilas, el torso, el pubis, las nalgas; parece ser que el único permitido y aceptado por la sociedad es el pelo de la cabeza de las mujeres.
Yo, desde aquí, manifiesto mi deseo por la igualdad entre sexos y que las mujeres también vayan con la cabeza afeitada, por un mundo sin pelo, tan molesto con el viento, siempre con champús anticaspa, provitamínicos, con mascarillas de germen de trigo —ojo con eso celíacos—. Con el tiempo conseguiremos que la humanidad evolucione hacia la alopecia integral. Aboguemos por ello: ¡todos sin un pelo en el cuerpo! ¡Estilistas al poder! ¡Se acabó el encontrarse un pelo en la sopa!

jueves, 31 de enero de 2013

Epitelial

Las pieles blancas —tanto o más que el talco— parecen que se van a quebrar con sólo mirarlas, como si fueran jarrones de porcelana... figuritas de Lladró acromadas. Tienen una especial relación con la luz de la Luna que las hace, si cabe, más bellas.
Por el contrario, las pieles negras, casi de reflejos azulados, parecen obsidianas volcánicas que tan sólo los rayos del Sol son capaces de irisar la infinita paleta de brillos cromáticos que poseen. Lo más probable es que esto sea el resultado de la difracción de la luz solar sobre el prisma que supone las diminutas gotas de sudor. Mucho más evidente sobre un fondo negro que blanco, qué duda cabe.
Entre ambas, todas las demás pieles, todas del mismo color, pero de interminables tonos en función de la concentración de melanina requerida para protegerse de la radiación ultravioleta solar.
La piel tiene sus propias marcas naturales que nos diferencian del resto, que nos hacen únicos: igual que las huellas dactilares nos identifican desde que nacemos hasta que fenecemos, los lunares son las huellas que nos provoca la naturaleza, mientras que las cicatrices son la firma de nuestras imprudencias a lo largo de la vida.
Todas las pieles son envoltorios preciosos, suaves y tersos... y sensibles. Incluso la más áspera requiere una caricia o un roce espontáneo; necesitan el contacto, el tacto, tocarse. Las pieles cuarteadas por el tiempo, por el sol, el aire o el salitre, como tierra reseca por una sequía prolongada en el tiempo, no son por ello más insensibles; el calor de la palma de una mano también puede enternecerlas.
Las pieles tatuadas es otra cosa... un auto castigo infringido que suena a problema afectivo. No creo que se trate de una distinción individual, sino de una marca —en cierto modo de propiedad—. Me viene a la memoria la inmensa cantidad de judíos que deben quedar todavía marcados como propiedad de Auschwitz o Treblinka, esclavos de uno de los episodios más tristes de la historia reciente. Lo dicho, las pieles tatuadas son pieles marcadas de por vida. No hay que llevarse a engaño: no son una marca personal, distintiva o diferenciador, sino la firma de un artista.
La atracción sexual empieza y termina por la piel. Cuando los amantes inician su ritual previo al coito, siempre se supedita a la caricia de la piel, bien sea en la zona del cuello, de las mejillas, de la frente, o incluso de los labios, por decir algunos puntos erógenos epiteliales.
 Unas de las zonas más interesantes del cuerpo es el de la boca. El más asombroso quizás por su versatilidad y su capacidad de dilatación. Y no confundamos los términos: cuando una boca se abre, la piel es la que se dilata; el músculo, se contrae.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Ruidos

Desde el punto de vista de la acústica, los ruidos pueden clasificarse por colores: Rosa, blanco, marrón, rojo, azul, violeta, gris  —como los tipos de Reservoir Dogs— en los que el nivel sonoro está caracterizado por una densidad espectral de diferentes proporciones a la frecuencia según la tipología o color —ruido rosa cuando es inversamente proporcional—, o está compuesto en su mayoría por frecuencias graves y medias —ruido rojo, marrón o browniano—. Pero esto pertenece al campo de la teoría pura y dura, luego aburrido para los legos en la materia. Para entendernos, todos estos ruidos se parecen muchísimo al que emite la televisión cuando se acaba la programación; y creo que todos recordamos la escena inicial de la película de Hope/Spielberg, Poltergeist; cuando Carol Anne dice: “Ya están aquiiiiiiiiiií...”, el ruido que se escucha de fondo es un ruido blanco, pero a todo volumen.

Poltergeist (1982) Tobe Hope / Steven Spielberg
         Por cierto: ¿Por qué se traduciría en España el nombre de Carol Anne por el de Caroline? Se pasan toda la película llamándola “Carolain”—. En fin, fenómenos paranormales (?) Prosigamos...
      Mas paranormal si cabe, resulta el ruido —en cualquiera de sus colores— en el espacio exterior o sideral —que diría Bernardo Bonezzi— puesto que, para propagarse, necesita de un medio físico —sólido, líquido o gaseoso— y, ¡sorpresa!, en el espacio intergaláctico por el que las naves "Enterprise" o "Millennium Falcon" generan aquellos sonidos tan característicos NO SE OYE NADA, porque no existe medio por el que se pueda propagar, teoría del bosón de Higgs aparte... Pero esa es otra historia, mucho más compleja y que espero no explicar nunca.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Silencios


Abres los ojos y ya lo sabes: ¡Ha nevado! Desde la cama, tapado hasta las orejas, a oscuras todavía, no es el frío quien te avisa, sino el silencio. No se oye nada afuera. Afinas el oído y entonces sí que empiezas a notar como el silencio no es absoluto, que su dictadura no es completa; un crujido, una vibración, un roce, tu propia respiración, acaban delatando la realidad: el planeta es un organismo vivo, porque la vida está asociada al sonido; la muerte, al silencio —aunque escuché a alguien decir que la muerte no es otra cosa que una oportunidad para que otros vivan, luego el trampolín para que el ruido se genere—.
       Las condiciones para que se dé el silencio completo se pueden crear con el artificio de una cámara anecoica —La acústica hace tiempo que lo ha logrado— pero siempre existe una minúscula vibración que se traduce en un sonido imperceptible para la última herramienta capaz de registrar lo inaudible.

Vista parcial de una cámara anecoica
        El silencio desapareció de la faz de la Tierra en el preciso instante que lo hizo también la Vía Láctea. Sí, en efecto, cuando se implantó el primer alumbrado público (1807 – Londres) la Naturaleza tuvo que redoblar esfuerzos porque la energía acústica se prolongaba toda la noche bajo la bóveda de los templos de la luz.
La antítesis del silencio es la reverberación —el eco es otra cosa— y los templos reverberantes por excelencia son los cuartos de baño: chapados por completo por esos azulejos, pavimentos y saneamientos cerámicos de superficies lisas y apliques pulimentados de acero inoxidable —cromados, por si acaso—. Menos mal que la energía acústica acaba disipándose por los diferentes sumideros, porque podría estar rebotando hasta el infinito —efecto nefasto para el oído interno—. Todo elemento pulido potencia este fenómeno.
Pero el silencio más complicado de lograr es el interiorizado, aquel que reside dentro de nosotros, en el cerebro, porque ya hemos indicado antes que las vísceras como los pulmones y el corazón generan también ruidos; incluso su ausencia puede generar cierto ruido en el oído interno. El desarrollo de un planteamiento teórico, la solución de un problema, la ideación de una imagen cautivadora —la meditación o el pensamiento, en definitiva— no genera ruido alguno por si misma. Y es este el más difícil de lograr con la ingente cantidad de ruidos que nos asedian en todo momento, salvo cuando nos despertamos y nos damos cuenta que ha nevado.

lunes, 22 de octubre de 2012

La cuestión del nombre

Fragmento de “Pioneros: Entrevista a James Whale”. Sección Crítica. Al salir del cine. Revista sólo de cine. Noviembre 1991. Valencia.

Al principio era divertido. Decías: "¡Frankenstein!", y al instante los tenías ante ti esperando a recibir órdenes. Pero cuando iniciamos el rodaje aquello se convirtió en algo incómodo, ridículo. Llamarlos por su nombre real en escena no resultó una buena idea porque, según ellos, los sacaba de situación. Y tampoco me pareció correcto estar llamando Monstruo a Boris durante todo el rodaje. Así que, como el personaje de Colin ya tenía su nombre desde la novela, decidí ponerle un nombre al personaje de Boris.


Rodaje de Frankenstein (1931). Imagen de Universal Pictures


Con Elsa todo era más sencillo. Ella tenía que hacer el doble papel de Mary Shelley y de novia del Monstruo. No hubo problema en cómo debíamos llamarla. Con Elsa era suficiente. No precisaba de un nombre para su personaje, hasta que llegó Sir Charles —le llamo Sir porque, aunque éramos buenos amigos desde que rodáramos “La vieja casa encantada”; en Inglaterra nunca se le perdonó que se nacionalizara norteamericano—. Aunque no lo reconociese era un actor de método —muy singular, eso sí— e insistió en que creáramos un nombre para el personaje de Elsa. Y así lo hicimos.

Treinta años más tarde coincidí con ellos en la fiesta de la première de “Testigo de cargo”, donde me confesaron que aquella decisión casi les cuesta el matrimonio y que, desde entonces, Elsa, nunca más aceptó un personaje que tuviera el mismo nombre que la novia de Frankenstein. Hasta tal punto llegó su hartazgo por aquel nombre, que exigía cambiarlo siempre que coincidiera, o de lo contrario rechazaba el trabajo.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Mentes

Inteligencia y propósito, o inteligencia o propósito. Porque el propósito no tiene por qué ser inteligente, también puede ser necio o espurio. El sufijo adverbial –mente deriva del latín mens, mentis (que significa inteligencia, propósito). Mente, como sustantivo, es un cultismo con el mismo significado, pero que también ha derivado en un significado “vulgar” como cerebro, asociado, cómo no, a la inteligencia, aunque haya personas que sólo les sirva como contrapeso para poder ahogarse en la piscina —inteligentes que son—.
     Esto último es anecdótico, como el hecho de que se haya incorporado el uso de este tipo de adverbios en el lenguaje coloquial como un recurso para elevar el nivel cultural del discurso, o para revestirlos de una supuesta autoridad que puede acabar resultando ridículo. Sobre todo cuando se usa dos veces en una misma frase. La universidad está llena de maestros y doctores con discursos muy sesudos y farragosos repletos de estos recursos en sus clases pero, al menos, ellos saben de lo que hablan; su problema reside en hacerse entender por la mayoría de sus alumnos, pero esa es otra historia. El caso es inexcusable para la clase política —otro día comentaré algo sobre los “habledores”, los “parlamientores” y los “oracionistas”—.
     Resulta extraño escuchar por ahí “concienzudamente” en vez de “a conciencia”, “paralelamente” por una forma más sencilla como “en paralelo”, o “inteligentemente” por “con inteligencia” o “con propósito inteligente”. Puede que sea por un deseo inconsciente de realizar un discurso escueto y con el menor número de vocablos —siempre es recomendable sintetizar todo lo posible— pero el léxico castellano es muy rico a poco que se piense lo que se dice. ¿A ver si va a ser eso, que no se piensa lo que se dice? Sería triste.
     Quien escribe estas palabras renegó hace tiempo de este recurso o moda lingüística, por lo menos en el ámbito escrito, porque oralmente, difícilmente se puede.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Zombies

Matar zombies, o lo que sea. El caso es matar. Los Norteamericanos son muy pragmáticos y lo tienen muy claro: si no se pueden matar nazis, pues comunistas —Chinos no, mientras tengan nuestras hipotecas—, o árabes, o alienígenas... Ahora le toca el turno a los zombies.
No crean que la cosa no está mal pensada, no; resucitar a un muerto es algo rentable porque, si no me fallan las cuentas, la Tierra está llena de muertos más que de vivos; y como la población viva no sabe enfrentarse a ellos porque es estúpida, queda enseguida convertida a la secta del zombismo, y lista para que el batallón de los elegidos —los fuertes, los que dominan las armas— puedan disparar a discreción sobre cualquier cosa que se mueva.
Son listos estos norteamericanos, sí: cuando el servicio postal está en horas bajas, llaman a Kevin Costner y hacen una película de carteros que salvan al mundo del caos; cuando los bomberos andan de capa caída llaman al dúo Baldwin y Russell y los enfundan en un uniforme para apagar llamaradas —da igual de quién sean, pero que las apague, por Dios—; ¿que el presidente de los norteamericanos se ha convertido en una caricatura en todos los países del mundo? Nada, nada, meten a Harrison Ford —Eh, un respeto, que es Indiana Jones, mucho más famoso que Jesucristo a mediados de los 80— en el Air Force One con un plano final de las barras y estrellas y “No Problem, Brother”, además de aumentar la popularidad mundial del presidente de turno, se forran los bolsillos con billetes de mil.
Bueno, esto es así, matar zombies tiene un sinfín de lecturas a cual de todas más siniestra:  
1-      Personas (vivas) disparan contra personas (muertas). Se trata de una defensa del derecho de la sociedad norteamericana a poseer armas y a utilizarlas cuando se sientan amenazados. Yo no voy a entrar en esto, allá ellos, pero lo vamos a importar pronto también... Viene en la letra pequeña de McMickeys y Coca-Loca. El estado de vida anglosajón ya hace furor. Quien no se lo crea que se acerque a las fiestas de fin de curso de los colegios.
2-      Personas (muertas) se comen a personas (vivas). Esto no es más que un feroz ataque al laicismo por parte del fundamentalismo religioso (que un segmento muy reconocible de la sociedad norteamericana también lo es). No es que las sociedades laicas sean antropófagas, claro que no, pero sí que es una buena parábola de cómo el pecado y la condena de la antropofagia es uno de los valores más reconocibles de todo cristianismo, así pues los vivos —contrarios a comer carne humana— se convierten en cruzados obligados a eliminar a todo aquel que vaya en contra de su ley (su interpretación de la ley divina), quedando convertidos los muertos comedores de carne humana en todos aquellos que osan cuestionar los dogmas de la religión.
3-      Los vivos justifican por el punto 2, poder matar a sus propios familiares siempre que sean zombies. Esto es contrario al cristianismo, porque matar es pecado, pero siempre se ha podido matar, y los norteamericanos lo siguen haciendo, en nombre de Dios.
4-      Si los vivos pueden matar a sus familiares zombies, también pueden matar a todo aquel que consideren una amenaza hacia su persona o su estilo de vida. No pondré ejemplos de la ingerencia de los norteamericanos en sociedades  ajenas y lejanas con esa misma excusa, están en la memoria de todos.
5-      A la amenaza del número se le combate con armas, y sólo con armas. Me viene a la cabeza el contencioso palestino-israelí.
6-      Los zombies son incapaces de dialogar y ante esa circunstancia sólo se puede hacer una cosa: utilizar las armas, o lo que es lo mismo, matar. De nuevo la incomunicación da como resultado una guerra. Si alguien está pensando de qué va esto es muy fácil. Para el poder de las armas sólo lo propio es merecedor de conservarse, todo lo demás, lo que venga de fuera es prescindible porque atenta contra los valores norteamericanos, que vaya usted a saber cuáles son. Bueno sí los sabemos, pero esa es otra historia.
7-      El diálogo de los zombies es incomprensible  para los vivos y por lo tanto está fuera de toda discusión que no tienen razón, luego si no la tienen quiere decir que sobran en una sociedad de vivos y, por lo tanto, hay que eliminarlos.
8-      Los muertos representan un enemigo común porque no se devoran entre ellos. Es la lucha del pueblo norteamericano contra el resto del mundo. Pero aquí subyace algo muy peligroso y es la figura del líder. Los vivos tienden a organizarse entorno a un líder, y no a un grupo. Que el líder sea, además, quien tiene el dominio sobre las armas no deja de ser un reflejo muy escandaloso de la tendencia de las democracias a refugiarse en los regímenes totalitarios en tiempos de crisis. Esto está relacionado con la herencia e influencia del nazismo —y del fascismo— en la sociedad democrática actual, de la que, quien les escribe, ya hizo un breve estudio hace mucho tiempo. Quizás lo publique algún día...
9-      A los zombies se les mata disparándoles a la cabeza, como los tiros de gracia en las ejecuciones. No es casual ni gratuito. Lo normal sería en el corazón, pero entonces se les podría confundir con los vampiros, y ya que se ha creado un “monstruo” terrorífico hay que darle personalidad, diferenciarlo del resto de personajes malignos. Es una defensa de la pena de muerte sin duda alguna, pero por la vía rápida, sin juicio ni mantenimiento penitenciario. Lo que se empieza a oír por aquí cuando se comete un infanticidio.
10-  ¿Rifle o pistola? Depende de la adrenalina que quiera segregar la persona (viva). A mayor cercanía, mayor riesgo.
El rifle se usa para cazar; la pistola, como hemos dicho en el punto 9, para ejecutar. El fin es el mismo: matar, pero la justificación diferente. Yo nunca he entendido los argumentos de los cazadores, al parecer tiene que ver con la “emoción” de atrapar un blanco móvil. Si se tratara de puro deporte, podrían disparar balas de pintura, o dardos somníferos —como la pesca deportiva, que una vez pescado el pez, se pesa, se mide, se le fotografía con su captor y se le devuelve al mar... vivo—. Pero si ya hemos decidido que un zombie no es un ser humano, ya podemos decidir sobre su vida o su muerte.
La pistola parece que responde más a un acto de venganza, puesto que para acertar se ha de estar enfrente de la víctima, para que te reconozca y sepa el porqué de su muerte. Algo estúpido por lo que se refiere a un zombie.
Creo que en ambos casos, matar, tiene que ver con un acto de posesión. Como decía William Munny, asesino de mujeres y niños: “Matar a un hombre es algo despreciable. Le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría llegar a tener.”
Tan sólo me queda una duda y es si a las momias —cuando les da por cobrar vida, y salir de sus sarcófagos para correrse alguna juerga o matar algún empollón que está hasta las tantas de la noche intentando descifrar un jeroglífico egipcio—, no se las puede matar de un certero tiro en la cabeza.

viernes, 17 de agosto de 2012

Perdón, quise decir pestaña


Man Ray: Sade (1933)
Me indigna la corriente puritana que, desde las instituciones, se pretende envolver a los individuos. No concibo que una palabra tan democrática como “culo” no se utilice mucho más en el lenguaje coloquial. Parece ser que el culo sólo puede tener connotaciones eróticas y ese es el motivo por el cual se evita utilizar la palabra. Bueno, boca también puede tenerlas y no por ello deja de usarse; y a mí lo que más me erotiza es un buen par de ojazos o una mirada de largas pestañas... Eso es, de ahora en adelante cuando quiera decir culo diré pestaña, así nadie se molestará.
Pero cuando digo que el culo es democrático no solo me refiero a que todo el mundo lo tiene, incluso los que están todo el día partiéndoselo (no sé cómo, si ya nacemos con él partido) sino que en realidad lo que quería decir es que es asexuado, polisexual —a la vez que polivalente— porque es admirado y usado por igual por todos los grupos. No conozco a nadie, de cualquier sexo ni de ningún tipo de tendencia sexual, que no se fije cuando pasa por delante de ellos un bello culo (digo bello y no hermoso porque para los culos la hermosura está asociada a la gordura, y tampoco digo buen culo porque parece así que existan malos culos... todos los culos son buenos porque nadie sufre del culo, las posaderas nunca están enfermas, puede que deformes pero cuanto más deformes, mucho más confortables y cómodas, para sentarse, claro) y el que lo niegue, miente como un bellaco.
La admiración del culo... ¡Perdón, quise decir pestaña! ...lleva a presuposiciones y prejuicios con fines más moralistas que racionales. El hecho de que alguien pueda sentirse atraído por mirar y admirar un culo no quiere decir que tenga que ser un sodomita —ojo, que no se me molesten los habitantes de Sodoma[1]—, sino un simple observador: se mira, se observa, se admira, se disfruta. Esto tiene más que ver con el placer y el goce de lo bello que con el “voyeurismo”. No puede existir ninguna diferencia en la contemplación de la pestaña del David de Miguel Ángel y la pestaña del muchacho con el que coincido todas las mañanas en la parada del autobús, ni mucho menos con la pestaña de la joven que me ofrece cigarrillos de promoción en el estanco; porque todos tienen unas pestañas proporcionadas y equilibradas, ergo bien compuestas y, por ende, perfectas y bellas.
Para finalizar me gustaría apuntar la excelencia del culo andrógino que se representa en el trabajo de Man Ray. Resulta difícil distinguir el sexo del o la modelo, siendo ese el motivo principal que le da a la obra un mérito maravilloso. Sencillez e intención —mala intención— al enmarcarlo en el crucifijo al revés: el pecado de la sodomía otra vez que, a mi modesto entender, no es la homosexualidad, sino la perversión sexual. Aunque la perversión tiene una relación muy íntima con la libertad de los individuos que la practiquen. Pero eso no es otra historia, sino varias...


[1] Tengo claro cuál es el pecado de los sodomitas para la Iglesia. Lo que no sé es el de los gomorritas.

jueves, 16 de agosto de 2012

Obituario 120816: El Rey del Rock & Roll

East Valley Herald - Phoenix, Arizona, viernes 3 de agosto de 2012

Elvis Presley ha fallecido a la edad de 77 años en la pequeña ciudad fronteriza de Nogales (Arizona) por insuficiencia respiratoria, mientras dormía, esta pasada noche, a la 1:11 AM (UTC-7).
El legendario Rey del Rock and Roll ha vivido todos estos años como testigo protegido del FBI por ser el principal declarante del fiscal del Estado en la causa del pueblo de Nevada contra el llamado “Rat Pack” (Frank Sinatra, Dean Martin, Sammy Davis Jr., Peter Lawford y Joey Bishop) por la probada implicación en el tráfico de drogas y de influencias y supuesta participación en el asesinato de JFK.
Elvis, que por aquel entonces tenía una estrecha amistad con el grupo, se vio pronto apartado de los negocios de Las Vegas, cosa que no le sentó muy bien y motivo por el que lanzó su particular delación contra el grupo —como el tiempo se ha encargado de demostrar, las relaciones de J.F.K. y el “Rat Pack” eran manifiestas y fluidas, sobre todo durante la crisis de los misiles de Cuba, en las que Sinatra y sus camaradas tenían intereses multimillonarios en la isla (prostitución, alcohol, tabaco, drogas y tráfico de influencias)—.
El rey del Rock & Roll, que se acercó a la administración Nixon por ideología y simpatía personal mutua entre ambos, empezó a disfrutar de inmunidad total, a formar parte de la nómina de la administración como Embajador Honorario del país, y a cobrar por el departamento de “publicidad nacional” —partida que todos los lectores sabrán de sobra que pertenece a la Agencia (entiéndase CIA)—. Tras el Water Gate, todo aquel que hubiese sido cercano al 37º presidente de los USA y no hubiera renegado de él cuando estallara la crisis —hay quien sostiene que “Deep Throat” fue el propio Elvis—, quedó desamparado por la nueva administración, decidido como estaba Gerald Ford por enterrar todos los asuntos heredados de su pésimo predecesor; como sucedió con el Rey y su incómoda acusación. Elvis, temiendo ser asesinado, por orden del “Rat Pack”, y aprovechando la vigencia de su contrato con la Agencia de Inteligencia, solicitó el programa de protección de testigos. De esta manera terminó Elvis en la ciudad de Nogales.
No obstante, la genialidad del funcionario del FBI encargado de su caso, no fue darle una nueva identidad —ahora se llamaba William Sobalvarro Tardencio—, sino escenificarle una muerte como él temía que iba a sufrir, es decir, por sobredosis de barbitúricos; como ya sucediera con Norma Jeane. Su muerte fue tan sonada, el cadáver tan bien escogido, su leyenda tan bien administrada, que poco importó que un hombre gordo, y de asombroso parecido al Elvis vivo apareciera en la ciudad de Nogales, puesto que por aquellos días, surgieron miles de Elvis por todas las ciudades del país —mención aparte supone la cínica conmemoración de su persona en Las Vegas todos los años, sabiendo que los promotores del evento fueron, sí, han acertado, el “Quinteto de la muerte”—. Así que nadie le prestó más atención que la que se le presta a una persona que llega a un nuevo lugar, huyendo de su pasado; como tantos y tantos estadounidenses.
William “The King Bill” Sovalbarro Tardencio se ganaba la vida haciendo lo mejor que sabía hacer, lo mejor que sabemos hacer todos, a saber: de nosotros mismos. Daba clases de “cómo ser un verdadero Elvis”, así enseñaba a todo aquel que quisiera deslumbrar en cualquier acontecimiento con una imitación perfecta de él mismo, de Elvis... También participaba en bodas, bautizos, comuniones —y algún entierro también hubo, ya saben cómo es el pueblo a este lado de Río Grande—, en los que no tenía que esforzarse mucho con la voz porque, claro, era un imitador, y un buen imitador. Así que por poco dinero no necesitaba hacer grandes cosas: como beber poco ese día; nada de excesos con la comida; sexo, el que se presentara, pero sólo después de la actuación; y cantar siempre “Love me, Tender” en medio de la actuación. Al final de mes, el cheque del Tío Sam siempre estaba ingresado en su cuenta.
Al parecer, no se volvió a casar nunca, pero no está tan claro que no tuviera más hijos, puesto que seguía rompiendo corazones. Lo cierto es que, tras su muerte, nadie en el pueblo ha reclamado su paternidad. Era respetado por la comunidad y formaba parte del “Comité de vigilancia de ingerencia externa” que, en una ciudad fronteriza, es como no formar parte de nada.

William Sovalbarro Tardencio aka Elvis Aaron Presley. (Tupelo, Mississippi 8 de enero de 1935 – Menphis, Tennessee 16 de agosto de 1977 y Nogales, Arizona 3 de agosto de 2012). Descanse en paz.

viernes, 27 de julio de 2012

Richard & Amadeus

Me llama la atención cómo a Wagner y a Mozart se les conoce más por su segundo nombre (Richard y Amadeus) que no por el primero (Wilhelm y Wolfgang). Esto es una pura anécdota introductoria de lo que en realidad quiero hablar, así que allá vamos. Siéntense y disfruten... si pueden. Ah, por cierto, ¿han intentado pronunciar sus primeros nombres sin saber alemán?

Dos jarras de cerveza se posan sobre la mesa y Richard reflexiona sobre el sonido del vidrio golpeando la madera: “Truenos a lo lejos que traen el fuego y la destrucción del Hombre”, a lo que Amadeus responde: “Timbales”. 

La genialidad de estos hombres no reside en el tamaño de su obra sino en hacer llegar con exactitud el mensaje que está en su cabeza a la nuestra, y de una manera única. Hacerlo como otro ya ha hecho, no es a la manera de —a la “maniera” de—, no es un manierismo: es una copia —homenaje se llama ahora—. Decir que la grandeza de un relato musical, o literario, reside en el mayor o menor número de notas, o de palabras, de la composición es tan cruel como necio; y supeditar su valoración al gusto, también. Porque como todo en esta vida, el gusto también se educa.
En el tiempo que Richard expone el preludio de la obertura de cualquiera de sus óperas, Amadeus ha desarrollado ya la mitad de cualquiera de las suyas; y no por ello se puede decir que uno sea mejor que otro. Tan sólo es que cada uno necesita de distintos tiempos a la hora de expresar lo que tienen dentro. Quizás por ello Amadeus viviera sólo treinta y cinco años y Richard, setenta —parece como si Cronos hubiera marcado el “tempo” de sus composiciones decidiendo su reloj biológico—. Richard cuida hasta el último detalle de sus óperas, a las que incluso les escribe él mismo los libretos; mientras que Amadeus, los encarga, trabaja en equipo. Todo eso tiene que reflejarse de una forma u otra en la obra, es inevitable.
Lo que también evidencia su maestría es la pervivencia del mensaje de sus obras a lo largo de los siglos, teniendo la misma influencia en la cultura popular actual. Ejemplo claro: el cine. Se ha recurrido a la música de Richard en Excalibur de Boorman, Apocalypse Now de Coppola, The Boys from Brazil de Schaffner; todas ellas de innegable corte trágico e incluso epopéyico. Por el contrario a Amadeus lo podemos encontrar, que recordemos, en Oci Ciorne de Mikhalkov, Out of Africa de Pollack, Flags of Our Fathers de Eastwood y Amadeus de Forman, pero esta última no me vale porque es una ficción biográfica. La obra de Amadeus queda para obras románticas.
Un inciso: Me viene a la memoria la influencia de Beethoven y el paradigma dentro del cine que es A Clockwork Orange de Kubrick —y la genial adaptación de Wendy (Walter) Carlos del maestro sordo. Ay Wendy-Wendy...—, pero esa es otra historia...
Prosigamos: Como no podría ser de otra forma, el hecho de que Richard y Amadeus conciban sus obras con desarrollos temporales tan diferentes no hace, sin embargo, que las estructuras musicales de ambos no sean complejas, como corresponde a su genialidad. Richard quiere que sus composiciones fluyan, que no existan interrupciones entre las partes y para ello transforma la tonalidad hasta hacerla casi desaparecer. Mientras que la estructura de las sonatas de Amadeus es: AB-BA CC-DD DD-CC BA-BA; Richard concibe sus composiciones como ríos que fluyen por paisajes diferentes. No quiere que existan interrupciones entre las partes y para ello transforma la tonalidad hasta hacerla casi desaparecer. Sus obras son totales o completas —signo inequívoco de modernidad— en las que música, palabra e imagen tienen que estar fundidas, no superpuestas. El máximo exponente en la actualidad de esta idea de la obra total en las que todas las artes hacen acto de presencia es Peter Greenaway (The Draughtsman’s Contract, la fallida The Belly of an Architect, Prospero’s Books, The Pillow Book).
Amadeus es, sin embargo, un “manierista”. Recoge toda la tradición que llega a su época y la pone patas arriba porque la reinterpreta, se salta los cánones, las reglas compositivas y mezcla, una y otra vez. Eso es lo que hacía Quentin Tarantino en su ópera prima Reservoir Dogs. Bueno, también en otras, pero es que la que más me gusta es la primera.
En el campo de la literatura la novela puede ser entendida como un conjunto de cuentos, mientras que el cuento sería la unidad mínima de narrativa, tamaños aparte de cada una. Desde este punto de vista, y por el de la extensión de las piezas también, entendemos que Richard sería un novelista y Amadeus un cuentista.  Claro, que alguien podría decir que Amadeus también tiene operas, que vienen a ser como novelas pero, en su caso, casi me atrevería a decir que son como antologías o recopilaciones de un mismo hilo argumental.
Decía antes que el gusto se educa. Cuando alguien, frente a algo comprobado y constatado que está bien hecho, dice: “Esto no me gusta” es evidente que se está desautorizando a todos los niveles. Siempre hay que argumentar las valoraciones, los juicios de valor, pero nunca bajo el gusto —subjetivo y reaccionario—. Sé que existen frases recurrentes pero son discutibles y cuestionables y poco recomendables porque siempre se acaba confundiendo el gusto personal con lo correcto —acto vanidoso—. Es lo que sucede con los ignorantes, que frente a lo desconocido, y el temor que les supone reconocer su inexperiencia —porque la ignorancia se cura con la experiencia, o el aprendizaje; es lo mismo—, siempre acaban diciendo lo mismo: “no me gusta”.
En la actualidad se asocia a Richard con el nazismo —el famoso chascarrillo de Woody Allen diciendo que escuchándolo le entraban ganas de conquistar Polonia lo sintetiza muy bien— no sin razón, puesto que era un antisemita reconocido, pero aquí entramos de lleno en la confusión del genio y sus virtudes con la persona y sus vicios. Nuestro acervo cultural heredado hace que repudiemos el nazismo por razones obvias y todo aquello que se le asocie y, por ende, la música de Richard tan amada por la bestia del siglo XX; pero de ahí a no reconocer la belleza de su obra... Estoy seguro de que Amadeus le tiene que gustar a mucha gente indeseable. Es imposible que su música no cale hondo en algún criminal, asesino en serie, violador, magnicida, incluso banquero o político; y no por ello hay que dejar de escuchar su música: ella es anterior a cualquiera de nosotros y perdurará en la memoria de las generaciones futuras... nosotros no.


martes, 24 de julio de 2012

Charlize Theron (No existen las casualidades II)

Marvin Gaye - A Funky State Reincarnation (1978) [Enlace]

Imágenes capturadas de la televisión
Recuerdo que ya hace quince años del éxito que supuso la campaña publicitaria de vermouth con nombre italianizado de “veranillo santo de mes de septiembre”. Todo el mundo recuerda a la joven que valoraba más perderse con el chico descarado que se mesaba los labios con el pulgar que permanecer junto al capo de cabellos y albornoz blancos, aunque aquello le costara la parte trasera del vestido y que todos admiráramos durante unos segundos la desnudez, redondez, y rotundez de su trasero contoneándose al compás del deshilado; antes de que saliera con graciosa elegancia la censura en forma de la marca anunciada. El anuncio no tiene desperdicio: es un excelente ejemplo publicitario, además de cinematográfico e incluso, quizás, cómo no, semiótico. Decía —antes de que perdiera yo también el hilo— que todo el mundo recuerda la escena pero muy pocos o nadie que detrás de aquella modelo se escondía un diamante en bruto, toda una señora actriz.
La segunda parte de esta historia es que al diamante en bruto, quince años después, cuando ya se ha convertido en toda una señora actriz, le ofrecen continuar con el juego erótico anterior. Al final del anuncio del perfume, francés —cómo no—, la protagonista se aleja moviéndose con el mismo porte y cadencia; ha dejado ya todo su vestido por el camino, como “agradeciendo” con ese desnudo integral —cual guiño íntimo y cómplice— a sus seguidores todos los años de confianza depositados en ella desde el primer anuncio. Ni que decir tiene que tras todos esos años de respiración contenida, de deseo inconcluso del primer anuncio; con el segundo se culmina el orgasmo visual y mental que supuso la interrupción de ciento ochenta meses antes. Ahora el recurso censor es un magistral contraluz, pero viendo cómo se aleja —y os aseguro que no me ha costado encontrar el fotograma exacto— en ambos trabajos, es imposible pensar que todo sea casual. De nuevo no existen las casualidades porque el mundo está lleno de gente que piensa... hasta el mínimo detalle. Las cosas no son lo que parecen, sino lo que son.